«¿Hasta dónde me llevará la opinión ajena?...».

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Como otros años, a mediados de mayo hubo feria en Serranillas. El carácter minero de la población, la tolerancia que las autoridades interesadamente dispensaban al juego, los excelentes ejemplares de caballos, carneros moruecos y de toros que allí se mercaban, y el fuerte número de forasteros que estas y otras causas atraían, habían hecho de aquella fiesta una de las más ricas y frecuentadas de la región.

Ya dos días antes de empezar el holgorio comenzó a notarse en la estación del ferrocarril desusado barullo; los trenes llegaban abarrotados de feriantes, y sobre el pequeño andén unos momentos las mantas, las alforjas, los botijos, los colchones, los baúles forrados de hojalata y otros líos, maletas y rebujos de diversos colorines y trazas, componían barricadas pintorescas. Los vendedores más importantes llegaban en carros o sobre mulos. A los ganados se les veía avanzar bajo nubes doradas de polvo por los numerosos caminos de herradura que, faldeando la sierra abrupta, descendían ondulantes hacia el valle, donde humeaban las chimeneas de las minas; y todo componía un jubiloso estrépito de colorines estridentes y de voces, de gruñidos, de bramidos, de relinchos, de agrios, inacabables y flexuosos lamentos de ruedas mal engrasadas, chasquear de látigos, acelerado tintinear de colleras, todo revuelto, chorreando vida y subiendo al cielo en la paz rústica, soleada y azul de la naturaleza primaveral. El viernes, durante la noche, hubo en el paseo un atabaleo de martillos que mantuvo a la chiquillería del lugar nerviosa y despierta hasta muy tarde: eran los trajinantes, vendedores y titiriteros que levantaban sus barracas de lona y tablas. Por toda aquella parte, el pueblo parecía un campamento; en el misterio nocturno, a la luz remisa de los faroles, cuadrillas silenciosas y diligentes de mujeres y hombres, trabajaban afanosamente cavando hoyos, plantando horcones, aderezando con pasmosa destreza anaquelerías y mostradores que luego aislaban entre fantásticos tabiques de trapo; y de las grandes arcas donde los bujeros llevan sus mercancías, las falsas joyas y los juguetes salían a millares.

La feria presentaba aquel año extraordinaria animación. En el Casino, y con unánime y fervoroso beneplácito de sus socios, fueron recibidos varios profesionales del juego, individuos corteses, bien vestidos y de manos muy alhajadas, y hubo partidas de baccarat hasta el amanecer. Las peripecias del azar removieron los ánimos. Se hablaba de los dos novillos que el domingo serían lidiados y estoqueados por unos acróbatas italianos, y de que Pedro Ramírez, director de la Banda municipal, había ensayado minuciosamente a sus músicos para lucirse en la Glorieta. También se dijo que Julio Cenén y dos amigos suyos estuvieron cenando en la taberna de Tocinico con las tonadilleras de una barraca.

Al otro día, sábado, después de almorzar y recibir las cuentas de sus capataces, don Higinio Perea se aseó cuidadosamente, vistiose un traje nuevecito de lanilla azul, y con el blando sombrero de fieltro gris ligeramente caído sobre la oreja izquierda se presentó en el comedor. Doña Emilia y su hija, sentadas en sillas bajas, cosían ante un gran cuévano lleno de ropa limpia. De una ojeada registró la esposa todos los perfiles y detalles de la pequeña, redonda y saludable figura de su marido: el hirsuto bigote untado de brillantina, irguiéndose en la satisfacción rosada y carnosa del rostro; la corbata roja con lunares negros, los zapatos de cuero amarillo, los pantalones doblados sobre la cursilería de los calcetines de hilo violeta. Con tantos colorines parecía don Higinio una puesta de sol.

—¡Mira —exclamó la buena señora dirigiéndose a Carmen—, qué majo ha sabido ponerse tu padre!...

Luego, con el aire indulgente y cansado de la mujer que necesitó perdonar muchas veces:

—¡Bien dice el refrán: quien malas mañas tiene...!

Perea sonrió orondo de parecer todavía, a pesar de sus cuarenta y ocho años, joven y buen mozo. Doña Emilia, más enamorada de él que nunca, le miraba embelesada, asombrándose de cómo un hombre que llevaba una bala dentro estuviese tan fuerte. Don Higinio preguntó por Ismael Cañeja, el novio de Carmen: era un buen muchacho, rico y dócil, que acababa de abrir en Serranillas su bufete de abogado. Ismael no había llegado aún.