—Estamos esperándole —dijo Carmen.
Don Higinio se alegró, porque así le dejaban libre.
—Yo pensaba ir a la feria; ¿queréis acompañarme?
—Nosotras —repuso doña Emilia— iremos más tarde; si supiésemos dónde encontrarte a las seis o las siete..., por ejemplo...
—A esa hora —contestó Perea— os aguardo en la feria; ya sabéis, en la caseta del Casino. ¡Hasta luego!...
Desde su casa se encaminó a la Plaza de Toros. Aquella pueril afición a los payasos y los acróbatas le avergonzaba un poco; pero él era así y no podía envejecer sus gustos, a pesar de sus viajes, de sus fingidas tristezas de ciudadano cosmopolita y de aquellos terribles ajenjos que sin ganas solía beber en el Casino. Al acercarse al despacho de billetes, don Cándido le detuvo.
—Tengo un palco —exclamó riendo—; luego vendrá don Jerónimo Arribas con su familia. Acompáñenos usted.
La sana sencillez con que el boticario hablaba de lo que iban a divertirse alivió de su empacho a don Higinio. Declaró, sin embargo, que todo aquello le aburría; pero como en los pueblos, cuando llega un día festivo, no hay donde meterse... El farmacéutico, para consolarle, le adelantó algunas noticias: los toritos eran murcianos; él pudo verlos la víspera y le parecieron bravos y de mucho poder; el clown encargado de estoquearlos había dicho que si en la muerte de cada res tardaba más de quince minutos regalaría veinticinco pesetas al Hospital.
—Le aseguro a usted —repetía don Cándido—, que vamos a divertirnos: estas mojigangas me desternillan de risa.
La plaza era de madera, y tanto el redondel como el callejón, cubiertos estaban de hierba menuda. En medio de la arena, pendiente de una armazón metálica asegurada por hilos de acero y bruñida por el sol, había un trapecio. La multitud se apiñaba en las gradas, voceadora y riente. Sonaban gritos, pregones, insultos fieros. La tarde era alegre, luminosa, tibia. A lo lejos, dorados por el incendio vesperal, ondulaban los montes que cerraban el pétreo horizonte de Serranillas, y las figuras de los mozos, casi todos con chaleco negro y en mangas de camisa, ocupadores de la fila última y más alta del tendido, perfilábanse limpiamente sobre aquel gran fondo amarillento y azul.