A las cuatro y media comenzó la mojiganga, en la que para cumplido recreo y satisfacción de los más exigentes hubo de todo: farsas bufas, perros sabios, equilibristas, juegos malabares y ejercicios de fuerza. Pero lo que mayor alegría produjo fue la lidia de los dos novillos, que el payaso italiano, tras muchos sustos, caídas y grimosas congojas, logró matar antes del plazo de quince minutos que él mismo se impuso, por cuanto salvó las veinticinco pesetas de su apuesta y fue aclamado y sacado del redondel en hombros.

Eran las seis. Arribas se había marchado con su familia, y don Higinio y el boticario se hallaron un poco desconcertados ante la aburrida longitud y vacuidad de la tarde; el espectáculo había concluido demasiado pronto; todavía, para la hora de cenar, faltaba mucho tiempo.

Caminaron hacia la Glorieta, donde los músicos de la Banda municipal, dirigidos por la vehemente batuta del maestro Ramírez, preludiaban un inspirado momento sentimental. Don Cándido, que no diferenciaba un vals de un pasodoble, preguntó:

—¿Qué tocan ahora?

Perea tampoco lo sabía; tenía un oído detestable y una educación musical tan precaria que no diferenciaba a Wagner de Lehar.

—No sé, no recuerdo...; pero debe de ser alemán.

Dieron algunas vueltas por la Glorieta, girando pausadamente alrededor del quiosco donde el maestro Ramírez, la cara roja, sudada y reluciente y los brazos en alto, se cubría de laureles. El gentío era enorme; apenas podían andar; del suelo arenoso el trajín de tantos pies arrancaba un polvillo que manchaba las ropas y enardecía las fauces. Dentro de sus trajes domingueros, mujeres y hombres iban graves, rígidos, como envarados por la preocupación de ver y ser vistos. Pasó Diego, solo, vestido de gris, las manos en los bolsillos del pantalón, el caminar descuidado de quien se aburre y no tiene qué hacer, y un palillo de dientes prendido en la cinta del sombrero.

—Buenas tardes, don Higinio, y la compañía.

—Adiós, Dieguito.

—¿Es el sobrino de Arribas? —preguntó don Cándido.