—El mismo.

—Me había parecido. No le trato; no me gusta.

—El pobre no sé cómo tiene humor de salir a la calle. Una vez me contó sus penas. Él juega; bueno... Pues nada más que por eso, porque se jugó tres o cuatro veces el sueldo que le daban en el Ayuntamiento, le dejaron cesante y su mujer le abandonó y se volvió con su padre.

—Algo me habían contado.

—Además, su suegro le ha quitado los hijos.

El boticario, tan bueno, tan fácil al enternecimiento, tuvo, sin embargo, en aquella ocasión, por obra quizás de la opinión colectiva, un arranque cruel.

—No conozco a su mujer —exclamó—; pero estoy cierto de que ha procedido muy discretamente volviéndose de nuevo con su padre. Ese Diego, según dicen, es un pillete y un tonto, ¿y usted sabe, amigo Perea, cuán horrible será vivir con un tipo así?...

Pasó Gutiérrez.

—Adiós, señores.

—Buenas tardes. Adiós, señoritas.