Al jefe de Correos acompañaban sus hijas Águeda y Marina.

—Parece —insinuó malévolamente don Higinio— que a la niña de Gutiérrez no ha vuelto a reproducírsele el tumor.

—No era posible.

—Ya; ¿la operaron bien?

—Perfectamente; la cura fue radical: al novio... ya sabe usted quién digo: don Mariano, el de la herrería...; pues, nada: se marchó a León y no ha vuelto...

Los dos hombres rieron, apoyándose mutuamente el uno en el brazo del otro. Aquel torpe donaire no les producía malestar; ¿por qué, si lo decía todo el mundo?...

Caminaban lentamente, sofocados por el gentío y el polvo. A derecha e izquierda las barracas alzaban sus frontis de trapo: había tiros al blanco, acróbatas, boxeadores, fieras domadas, un gigante, un enano, un indio que comía carne cruda, un luchador australiano que regalaba diez duros a quien le venciese, una mujer con cabeza de lobo, una exposición de figuras de cera, puestos de avellanas, nueces, turrón, arrope y otras golosinas, y todo se anunciaba con estentóreas voces y zambra fragorosa de tambores, platillos y cornetas. Los «tío-vivos», alegrados por la canallesca algarabía de los pianillos de manubrio, giraban veloces, desplegando al aire la policromía de sus banderitas y bambalinas; los columpios, llenos de muchachas que reían a la luz opalina del crepúsculo, mecíanse isócronos en el espacio límpido; delante de los pequeños bazares, bajo los toldos extendidos ante ellos como viseras, la multitud se apiñaba curiosa; todos buscaban algo: las mujeres, un dije; los mozos, una cartera o una navaja; los niños, un juguete. Allí se mascaba el polvo y el calor era más fuerte. En pie, tras el prestigio de sus mostradores, los mercaderes animaban al público a comprar. La rústica muchedumbre se detenía, dócil y curiosa, cautivada por el brillo de las botonaduras, de las peinetas, de las sortijas, alfileres y pendientes de similor distribuidos en cajitas de cartón blanco, y los chiquillos miraban asombrados, las cabezas echadas atrás, los montones de sables y fusiles de hojalata, látigos, cornetas, carricoches de cartón y muñecos de celuloide colgados del techo de los bazares como racimos de maravilla.

Lo que más interesaba al boticario era la abundancia de caras nuevas. Esto le envanecía.

—Serranillas —dijo— no tardará en ser una gran población; repare usted en su influjo sobre los pueblos cercanos: hoy, la mitad de las muchachas de Almodóvar y de Argamasilla, están aquí.

Don Higinio notó que muchas mujeres le miraban; don Cándido lo advirtió también.