—Le comen a usted con los ojos.

El héroe de la Grande Jatte sonrió; don Cándido prosiguió bromeando:

—¿Qué lleva usted hoy encima de su persona?... ¿Será el sombrero? ¿Será la corbata?...

Perea adoptó el aire reflexivo y disgustado del hombre a quien molesta la popularidad.

—Es —repuso bajando la voz— que conocen mi historia de París: las mujeres se mueren por lo raro.

Volvieron a cruzarse con Dieguito, con Gutiérrez y sus hijas, y con la familia del notario. También saludaron a Julio Cenén y su mujer, y a lo lejos, por detrás de las casetas, como huyendo del bullicio, vieron pasar la silueta bondadosa y anciana de don Tomás Murillo.

—¿Quiere usted ver una buena moza? —propuso don Cándido.

Don Higinio se sobresaltó un poco.

—¿Dónde?...

—Aquí, cerca de la Glorieta. Volvamos hacia atrás: es de Valladolid; tiene un puesto de abanicos. Que yo sepa, nada malo dicen de ella todavía, pero parece así... muy alegre... Eso, usted que conoce a las hembras, lo juzgará mejor que yo.