Perea, aunque sin ganas, se dejó llevar. Cuando ya llegaban vieron a doña Emilia con Teresita, Carmen y su novio. Todos se saludaron sin detenerse.
—Hasta luego, Ismael.
—Hasta después...
La abaniquera de Valladolid vestía de luto: era una mocetona alta y gruesa, pelinegra, con las mejillas muy pálidas y la nariz larga, aguileña, dominadora entre la expresión impertinente de dos ojos vivaces, redondos y muy juntos. Se hallaba en pie detrás del mostrador, forrado de yute rojo, de su caseta; inmóvil sobre el fondo que ponía a su figura la anaquelería repleta de cajas de abanicos.
—¿Pero usted ha hablado con ella otra vez? —susurró don Higinio.
—Yo, nunca.
—Entonces no debemos acercarnos, sería ridículo.
—¿Ridículo? ¿Por qué?... ¡Vamos, tiene usted unos miramientos! ¿Y usted ha viajado?... ¡Bah! Usted no sabe tratar a esta gente.
Se adelantó un poco turbado, sin embargo:
—¡Bien por las caras bonitas! Si yo no fuese tan viejo, vendía la botica y me marchaba por esos mundos con usted a vender abanicos.