No obstante lo manido y ramplón del requiebro, la muchacha sonrió, agradeciendo a don Cándido sus rendidos propósitos. Demostró apreciarle; sabía que la farmacia era suya; también conocía a doña Benita, con quien estuvo hablando una tarde. El boticario sentía apaciguarse por instantes el fuego de sus amorosas baterías y lo desairado de la conversación emprendida. Por decir algo exclamó, echando sobre Perea todas las responsabilidades de la entrevista.

—Pues... yo deseaba presentarle este amigo, que se ha enamorado de usted.

La indiscreción de don Cándido revolvió las bilis de don Higinio, que se puso encendido como un rábano. La abaniquera de Valladolid se echó a reír.

—Este señor don Cándido, a pesar de sus añitos, es un revoltoso.

El boticario prosiguió muy animado:

—¿Usted no ha oído hablar de don Higinio Perea?

—¿Que es dueño de una mina?

—Ese. Pues aquí le tenemos. Donde usted le ve, hecho un taco, conoce París y ha tenido con las mujeres mucha fortuna.

Volviéndose hacia Perea, añadió:

—Pero, hombre..., ¿va usted a ponerse por eso colorado?...