La abaniquera de Valladolid miró a don Higinio con la atención que inspira el individuo de quien se sabe una grave historia. Perea, sobrecogido, sin saber qué hacer ni qué decir para recobrarse, replicó:

—Casualmente traigo aquí el retrato de una de ellas.

—¿Qué retrato?

—El de la italiana del hotel de los Alpes.

Aludía a un antiguo retrato que compró en París por un franco, y aquella mañana encontró registrando un legajo de olvidados papeles. Para darle valor histórico, la facundia embustera y tracista de don Higinio había discurrido dedicárselo con letra fingida, y luego raspar la dedicatoria cuidadosamente, pero no tanto que el nombre de Leopoldina no fuese bien legible.

—Me lo eché al bolsillo precisamente para enseñárselo a usted. Véanlo...

Era la fotografía de una mujer hermosa y medio desnuda, envuelta en un abrigo de pieles.

Don Cándido y la abaniquera de Valladolid miraron ávidamente el retrato que Perea les mostraba con cierto disimulo para no llamar la atención de los curiosos. Ambos reconocieron el buen gusto de don Higinio. Ella preguntó:

—¿Esta señora era del teatro?

—No...