Se ponía melancólico y un hondo suspiro le subió a la garganta. La joven agregó curiosa:

—Aquí decía algo: ¿la dedicatoria, verdad?... ¿Quién la borró? ¿Usted?... ¿Y por qué?... ¿Era escandalosa?...

—No, hija mía; no es que fuese escandalosa; es... que constituía una imprudencia. Tratándose de una mujer casada...

Gravemente, con la cara triste de quien acaba de lastimarse el alma contra un mal recuerdo, don Higinio guardó el retrato. Entonces la abaniquera de Valladolid interpeló a don Cándido:

—¿Ve usted? ¿Cómo quiere usted que este caballero, que ha conocido mujeres tan hermosas, se enamore de mí? Lo que el señor Perea querrá es comprarme un abanico.

Don Higinio, siempre cortés, accedió y pagó doce pesetas por un abanico que apenas valdría ocho o nueve reales. Con esta generosidad de gran señor se despidió de la muchacha. Al boticario le indignaba aquel dispendio inútil. Perea sonreía satisfecho de que su largueza hubiese enmendado su falta de desparpajo y conversación. Dijo:

—Con las mujeres, para rendirlas pronto, hay que empezar así.

Regresaron a la Glorieta y subieron los cuatro peldaños que daban acceso a la caseta del Casino: era una amplísima azotea de asfalto donde se servían café y refrescos; una barandilla la circundaba y hallábase cubierta por una lona afianzada sobre altos pilares de hierro. Don Higinio y don Cándido se instalaron en un velador inmediato al paseo. Desde allí saludaron a varios amigos. El boticario pidió una cerveza, Perea un ajenjo, y ambos se desabotonaron los chalecos para mayor comodidad y holgura. También se quitaron los sombreros, y con toda parsimonia secáronse el sudor que les mojaba la frente y el cogote. Abajo, la multitud circulaba lentamente o se detenía ante los baratillos; en los árboles, cuyos tallos más altos doraban aún las llamaradas postrimeras del crepúsculo, suspiraba la brisa; los músicos de la Banda municipal se habían marchado y el silencio que dejaron tras sí añadió al ambiente vesperal una sensación de frescura.

Rompiendo por entre la multitud, un vendedor de globos se acercaba: era un hombrecillo pequeño, vestido de pana, con el chaleco abierto sobre el orondo declive de la panza. Un enjambre de chiquillos le precedía, le rodeaba, mirándole de hito en hito, como a un ídolo; cuando el mercader se detenía, el menudo batallón le imitaba y sus rostros, renegridos por la intemperie y el sol, ardían de deseo. Aquellos globitos chillones, pintureros, tan pronto hinchados y codiciosos de libertad, como propensos a amustiarse, eran un admirable símbolo de la psicología infantil. Viéndolos don Higinio, de pronto se quedó triste y empezó a suspirar. Su melancolía sorprendió al boticario:

—¿Qué le sucede a usted?