—¡Psch... nada!...

Mentía; recordaba sus años niños, sus años buenos. ¡Los globos!... ¿Quién, de muchacho o de joven, no ha llevado dentro del alma un juguete igual?...

El vendedor iba acercándose. Inesperadamente el cordelillo con que sujetaba su liviana mercancía se rompió y los globos, atados unos a otros, se remontaron en brusco tropel: una bandada de raros pájaros parecían, y su áspera policromía clavaba sobre el fondo apacible y uniforme del cielo el júbilo chillón de un cartel. La muchedumbre, sorprendida, lanzó un grito; luego hubo risas y centenares de brazos señalaron al espacio. ¡Un espectáculo nuevo! La gente reía adivinando que el desdichado vendedor de globos debía de sentir ganas de llorar. Es lo humano: lo que fue lágrima en un individuo, después, al reflejarse sobre la conciencia social, se transmuta en risa.

Pero el viento había impelido al manojo de globos contra los árboles del paseo, y los fugitivos empezaron a tropezar, cual si unas ramas los despidiesen y otras los atrapasen; ellos, sin embargo, aunque entre golpes, seguían subiendo hasta que el cordelito que llevaban colgante a la zaga se enredó a uno de los tallos más altos. Entonces se detuvieron. El público prorrumpió en un largo «¡oh!...» admirativo. Vistos así, componían un airoso penacho, una especie de colosal y disparatado racimo que el sol moribundo teñía de rojo, de verde, de naranja, de violeta, de añil...

Su dueño, el hombrecillo del traje de pana, pateaba y se mesaba los cabellos. ¿Cómo recobrarlos? Su dolor era trágico y bufo; viéndole tan infeliz, tan mezquino, la multitud sentía indistintamente ganas de insultarle o de darle un abrazo. El pobre hombre miraba a sus queridos globos; comprendía que de no alcanzarlos en seguida, quedarían inservibles, sin barniz, lamentablemente desinflados bajo el rocío nocturno. De pronto echó a correr: recordaba que en el Ayuntamiento había una escalera muy larga e iba por ella. Sobre la muchedumbre rodó un murmullo de hilaridad; los espectadores se imaginaban cuán cómica sería la figura del vendedor cuando reapareciese pequeñín, sudoroso, jadeante, bajo el peso de la escalera.

Parados al pie del árbol, los chiquillos observaban ávidamente los globos que el viento balanceaba allá arriba, en la luz, como un airón. ¡Si pudieran cogerlos antes de que su dueño volviese!... La gente les azuzaba, complaciéndose en aquella mala obra. Los muchachos titubeaban. Varios intentaron subir, mas no pudieron; el tronco era demasiado grueso. Súbitamente uno de ellos, más vigoroso o más resuelto, acometió la aventura; favorecido por sus compañeros, consiguió gatear hasta izarse sobre la primera bifurcación, y ya allí, de unas ramas en otras, continuó trepando.

Don Higinio, que no le quitaba ojo, se había puesto en pie, nervioso y asustado.

—Va a caerse —murmuraba— y nos dará un disgusto.

Don Cándido, muy inquieto también, afirmó:

—Me parece que sí...