En el público, que opinaba lo mismo, acababa de producirse un silencio imponente. Todos miraban. Cerca de la copa, las ramas delgadas ofrecían escasa seguridad; el muchacho lo comprendió y empezó a vacilar; tenía miedo. Pero ya no podía retroceder; su ambición de una parte, de otra el elogio de la muchedumbre, le obligaban a seguir. Aún adelantó algunos metros. Por fin logró alcanzar el cordel que pendía de los globos, y estos se estremecieron como si defendiesen su libertad. El entusiasmo del público, impresionable y desocupado, reventó en un aplauso.
De pronto surgió la tragedia. El muchacho, que iba descolgándose con destreza felina de rama en rama, hizo un mal movimiento y cayó al pie del árbol, lívido, inerte, la cabeza bañada en sangre, mientras los globos, independizados unos de otros, volaban desgranando por el infinito añil la carcajada de sus colorines.
Unos guardias se llevaron al herido, quien, a pesar del agua con que le rociaron la cara, no recobraba el conocimiento. Don Cándido, muy inquieto, repetía:
—Pero, ¿ha visto usted qué chiquillos estos? ¿Ha visto usted?...
Perea, serenado el susto del primer momento, cayó en un silencio de reflexión y nostalgia. La opinión ajena, el elogio desprendido como aroma fatal de aquella multitud que llenaba el paseo, fue lo que hirió al muchacho; el chiquillo se expuso a morir por quedar bien, por la misma razón que una tarde Luisa Soucy, la camarera del hotel de los Alpes, ante el pequeño público que iba a juzgarla, arriesgó su vida. Y él sosteniendo un año y otro tercamente la farsa vanidosa de su heroísmo, ¿no era también una víctima de la opinión?... Volvió a suspirar y se quedó triste, muy triste, como nunca lo estuvo: la melancolía es el gesto donde cristaliza la experiencia de las vidas largas y la suya empezaba a serlo. En aquel oscuro drama pueblerino, en aquel niño que se mata y en aquellos globos que huyen, don Higinio veía repetirse el calvario de todos los conquistadores, de todos los fundadores de religiones, de cuantos grandes hombres, sabios o artistas, sucumbieron por el Ideal inaccesible, eternamente suspendido en lo azul...
Realmente, el héroe de la Grande Jatte se hallaba en un instante de depresión; además, sabía que su apesaramiento y su copa de ajenjo rimaban muy bien. Hasta que las voces de doña Lucía y su marido le trajeron a la realidad.
—Vengo de su casa —dijo el médico a don Cándido.
—¿Se ha enterado usted de lo sucedido aquí hace unos momentos?
—¿El muchacho que se cayó de un árbol? Precisamente. Le llevaron a la botica de usted y allí le hice la primera cura. Es hijo de un pobre vecino del Matadero. Tres puntos he tenido que darle.
Doña Lucía preguntó a Perea por su familia, y al saber que doña Emilia y Carmen no tardarían decidió esperarlas. Los señores de Hernández se sentaron. Ella pidió cerveza y patatas fritas y su marido coñac; cortésmente don Cándido les acompañó con otro bock y don Higinio con un segundo ajenjo. Don Gregorio reprendió a Perea su culto al horrible brebaje que extenúa a Francia. Doña Lucía también le afeó su afición a las bebidas fuertes: el ajenjo es un veneno; su marido lo decía muchas veces. Don Higinio tuvo un movimiento desdeñoso de hombros; deliraba por el ajenjo; ¡la costumbre!...; era un vicio que adquirió en París y al cual no podía sobreponerse. Ella dardeó sobre el héroe una ojeada indefinible.