—¡Pobre Emilia!... ¡No quiero pensar cuánto habrá sufrido con un hombre como usted!...

Don Higinio miró a la mujer del médico y, por segunda vez, la adivinó muy cerca de sí. Estaba hermosa, con las redondeces opulentas de sus cuarenta años, su blusa blanca de seda y su semblante arrebolado por la opresión del corsé. Una cinta de terciopelo aniñaba la expresión matronil de su cabeza de cabellos negros, graciosamente recogidos sobre las sienes. La luz desfallecida del crepúsculo daba a su garganta suavidades tibias y exquisitas.

Hernández advirtió la tristeza de don Higinio.

—¿Qué le sucede a usted?

—Yo también lo había notado —confirmó su mujer—. ¿En qué piensa usted, amigo Perea? ¡Qué cara!... ¡Diríase que están presentándole a usted una factura!...

Don Higinio rio y trató de explicar su actitud. La caída del chiquillo le había impresionado; no porque la sangre le marease... ¡Quia!... ¡Al contrario!... La sangre le animaba, le exaltaba, producíale una especie de reacción belicosa; pero se trataba de un niño..., el herido era un niño, un ser débil... y esto le apenaba. ¡Oh! Si en vez de ser un muchacho hubiera sido un hombre... ¡Bah, entonces, nada! ¡Tan tranquilo!... Doña Lucía escuchábale enternecida, pasmada de que pudiera ser a la vez tan valiente y tan bueno.

Don Cándido, que con el segundo bock se había despabilado el carácter, juzgó oportuno y gracioso dar de la melancolía de don Higinio otra explicación.

—Yo creo —dijo bajando la voz— que lo que trae alicaído a nuestro buen amigo es una mujer, o más exactamente, el recuerdo de una mujer.

—¿De cuál? —preguntó doña Lucía.

Perea fingió turbarse y miró al suelo: en realidad estaba encantado de la simplicidad del boticario. Este reía, se frotaba las manos.