—Él lo dirá; hasta puede enseñarles el retrato; lo lleva encima...

Llenos de emoción, los señores de Hernández arrastraron sus sillas acercándose a Perea cuanto permitía la mesa. Entonces don Higinio, para hablar, adoptó un aire grave: don Cándido, que no cesaba de reír, era un solemne indiscreto, un niño grande; a él no le gustaba remover ciertos recuerdos; pero, en fin..., ¡como ellos lo sabían todo!...

Curiosa, con una curiosidad agresiva en la que acaso hubiese un poco de celos, la señora de Hernández exclamó:

—Pero, ¿tiene usted otra querida?

—No, hija mía.

—¿Entonces, qué?... Explíquese. Porque usted es terrible.

—No; un poco de calma. El retrato que traigo aquí es... ya pueden ustedes figurárselo...

—¿Nosotros?... Sí, sí... ¡Cualquiera adivina! ¡Como si no le conociésemos!...

—Lucía, por Dios...

—¡Habrá usted tenido tantas trapisondas!