Don Higinio sonreía ufano y modesto, al mismo tiempo que reventaba de orgullo. Nunca había disfrutado tanto. El seno duro y voluminoso de la mujer del médico le rozaba un brazo y parecía quemárselo; oía gemir tenuemente las ballenas del corsé de su amiga; doña Lucía olía a salud y se perfumaba con trébol. Don Higinio sintió un ligero y delicioso desvanecimiento. ¡Requerido, mimado!... No se hubiera cambiado por un rey.
—Pero todas las aventurillas que yo haya podido correr —dijo— fueron lances de poco momento y sustancia. Ahora se trata de algo muy antiguo, pero inolvidable para mí.
Su rostro tornó a ensombrecerse y miró al boticario.
—El retrato a que este simpático indiscreto se refiere es el de Leopoldina.
—¿La italiana del hotel de los Alpes? —interrogó don Gregorio.
—La misma.
—¡Caramba, celebro conocerla!...
—Dicho retrato lo escondí tan bien al salir de París que durante varios años estuvo perdido. Además, nunca puse verdadero empeño en hallarlo. ¡Ustedes lo comprenden! No quería que la pobre Emilia lo viese. Estaba cierto de poseerlo y eso me bastaba. Hasta que hoy, registrando unos periódicos de aquella época, lo encontré. ¡Tuve una alegría!... Y entonces, sin saber cómo..., acaso para llevarlo cerca de mí durante algunas horas, me lo eché en el bolsillo. Es este...
Sacó la fotografía, un tanto empalidecida por los años, de aquella hermosura cortesana, impúdica y espléndida, medio desnuda bajo la suave piel del abrigo donde tuvo la coquetería de envolverse. Don Higinio observó astutamente:
—He borrado la dedicatoria...