Los ojos de doña Lucía brillaron de curiosidad, de desdén, de odio, de envidia, de celos. No se cansaba de mirar el retrato y, sin embargo, de buena gana lo hubiera hecho trizas.

El médico declaró rudamente:

—¡Buena mujer!...

Había visto que tenía el pecho fuerte y las caderas vigorosas, y no necesitaba más su devoción para rendirse. Doña Lucía, sin cesar de mirar el retrato, murmuraba:

—Los pies un poco grandes, quizás... La boca es bonita... Los ojos son hermosos; pero los encuentro demasiado juntos...

Examinó con minuciosidad hostil la línea impecable de aquella pierna que la inspiración gaitera del fotógrafo dejó desnuda; la armonía mórbida de los brazos y de los hombros; la gracia de los cabellos cortos, ensortijados, infantiles; la perversidad risotera de los labios entreabiertos sobre el júbilo de los dientes níveos y menudos. Realmente era una de esas bellezas artistas, teatrales y decorativas, que labran, con su impudicia atrayente, la desesperación de las señoras casadas.

—¿La quiso usted mucho? —preguntó.

Don Higinio tomó el retrato que su amiga le devolvía displicente, miró al suelo y se mordió los labios. No contestó, y jamás hubiera podido responder con mayor elocuencia: aquel silencio era una afirmación, un sollozo, toda su historia mojada en una lágrima...

—Pues, yo, francamente —agregó la señora de Hernández—, jamás me hubiese enamorado de ninguna mujer capaz de retratarse así.

El amante de Leopoldina creyose obligado a decir algo: