—Ya sabe usted, Lucía, cómo son las extranjeras; París no es Serranillas...
Su ademán fue parco, triste, noble, caballeresco. ¡Bien se echaba de ver que la había amado!... ¿Y, cómo dudarlo, cuando arriesgó por ella la vida?...
—Mis palabras no han querido ofenderla —declaró apresuradamente doña Lucía—; ya sé que ha muerto y más de una misa, sépalo usted ahora, he oído en alivio de su alma; eso no impide que me haya parecido y me siga pareciendo una titiritera.
Hernández y el boticario, que se habían puesto a charlar aparte, se levantaron a dar una vuelta por el paseo. Doña Lucía no quiso acompañarles; esperaba a doña Emilia, que ya no podía tardar.
—Entonces —repuso el médico—, si no vuelvo por aquí antes de media hora, vete a casa.
Don Cándido llamó al camarero y pagó el gasto de todos.
—Hasta después...
Doña Lucía y Perea quedaron solos ante el velador, donde el misterio verde del ajenjo que don Higinio aún no había podido beber, parecía observarles como una pupila sabática. Acababan de encender los faroles y aquellas luces dispersas, rutilando aquí y allá, bajo la fronda, añadían a la escena un pique novelesco. La señora de Hernández bebió un sorbo de agua; su corazón latía con desconocida violencia; estaba roja, se ahogaba de calor. En cambio, sus manos y sus pies estaban yertos. Tras un breve silencio.
—Dígame usted —murmuró—, ¿cómo era esa mujer? Se llamaba Leopoldina, ¿verdad?
—Sí, Leopoldina.