—¿Y la quiso usted mucho?... Séame franco; ya sabe que he rezado por ella..., y lo hice porque, salvando su alma, imagino que beneficio la de usted...

—Lucía..., amiga querida...

La oprimió ardorosamente una mano bajo el mármol del velador. Ella vibró: de pronto apagose el incendio de sus mejillas; se quedó lívida, espectral.

—Sí, soy su amiga..., una buena amiga..., una hermana de muchos años... que le quiere tanto como su misma esposa puede quererle... ¡Acaso más!...

Su voz se enturbiaba; aguáronse sus pupilas; iba a llorar... Afortunadamente pudo contenerse.

—Dígamelo usted todo...

—Pero, Lucía..., ¿a qué viene esto? ¿Qué quiere usted de mí?...

—Todo; necesito conocer su historia detalladamente. ¡Será tan interesante! Usted es un hombre extraordinario. Cuénteme su drama de París. He soñado con él muchas veces. ¡Hable, hable, por Dios, antes de que vengan a interrumpirnos!... ¿Cómo mató usted al holandés? ¿No era holandés el marido de la italiana del hotel de los Alpes?...

—Sí, holandés: ¡el pobre míster Ruch!...

Charlaron lentamente, sabrosamente, acercando un poco las cabezas, mientras, por discreción, miraban a la muchedumbre. Él, entretanto, buscaba furtivamente con sus rodillas las de su amiga, y ella dejábase estrechar, lánguida, absorta y sin defensa. Perea, entusiasmado, arreció su elocuencia: describió el Sena, la isla de la Grande Jatte, el misterio pavoroso de la barca donde iban él y su enemigo, deslizándose quedamente bajo la niebla, y luego el tiro, la lucha bárbara...