La señora de Hernández oprimió febrilmente las manos del héroe.

—¿Y no siente usted nunca remordimientos?

—Algunas veces.

—¿De noche, verdad?...

Perea se asombró:

—¿Cómo lo sabe usted?

—Por Emilia. ¡Tiene conmigo tanta confianza! «Hay noches —me ha dicho— en que Higinio, con sus suspiros, no me deja dormir».

Iban acercándose en un idilio sin palabras, discreto y excitativo, mientras las rodillas proseguían triunfales su acción conquistadora. Don Higinio no se acordaba del amigo a quien ofendía; las vituperables complacencias de doña Lucía habíanle puesto fuera de sí y con la rienda de sus malos deseos sobre el cuello; al cabo, era la primera vez que una mujer, por caminos sinceros de amor o de capricho, llegaba a él. Bebió un sorbo de ajenjo para refrescarse las fauces caldeadas por el lascivo apetecer y el mucho hablar.

—Conservo todavía —dijo— muchos periódicos que hablan de aquel lance.

—¿Es posible?