—Publican el retrato de mi rival. Los guardo por curiosidad, así como las botas que usaba entonces. Varias veces he querido tirar esos recuerdos y no pude. ¡No sé!... Es una página de juventud que a la vez me atrae y me lastima.
La señora de Hernández entornaba los ojos.
—¡Qué hombre, qué hombre!... ¡Me da usted miedo!...
Replicó don Higinio:
—¿Por qué no va usted a verlos a mi casa?... Uno de esos periódicos reproduce una fotografía de la Grande Jatte, y conocerá usted el lugar exacto donde el pobre holandés y yo nos batimos.
—¿A su casa? —repitió balbuciente doña Lucía a quien aquel diálogo causaba la impresión de ir cruzando un abismo sobre un alambre.
—¿Por qué no?...
Y como tardase en responderle, agregó seductor:
—Nadie la vería a usted entrar.
Ella preguntó sin mirarle: