—¿Cuándo?
—Después de la feria: el martes.
—¿A qué hora?
—Por la tarde: a la primera campanada de las seis.
—No puede ser.
—¿Cómo?
—A esa hora Emilia y Teresita van a la iglesia.
Don Higinio sonrió.
—Por eso lo dije, precisamente; para que estuviésemos solos.
Hubo otra pausa que tuvo todos los almíbares de un consentimiento, toda la edénica gravedad de una caída: algo cálido, íntimo, inefable, como esos silencios que siguen en las alcobas a la violencia jadeante del abrazo. Perea insistió: