—¿Irá usted?

Ella accedió con un gesto. Después los dos sonrieron con alegría hipócrita a doña Emilia, Teresita, Carmen y su novio, que se acercaban saludándoles desde el paseo.

La noche del domingo el galán del hotel de los Alpes la pasó muy inquieto, suspirando mucho y con más remordimientos, al parecer, que de ordinario. Estaba, sin embargo, muy ufano: al cabo, por primera vez, iba a correr una verdadera aventura. Al día siguiente madrugó, vistiose un traje cualquiera y se fue a la mina, de donde regresó muy entrada la tarde. Sentíase nervioso y aquella nerviosidad desbordante le obligaba al movimiento. En la mina sus fueros de amo tuvieron acentos de tempestad: examinó cuentas, reprendió agriamente a los capataces y despidió a un obrero; su voz retumbaba amedrentadora en las tinieblas del filón; los trabajadores le miraban con respeto y nadie se atrevió a replicarle; la figura maciza del héroe les imponía pavura; no recordaban haberle visto nunca así.

Por la tarde estuvo en la estación, impregnada de la suave tristeza de los trajinantes que se marchaban: aquel era el último día de feria. Juan Pantaleón le saludó. El antiguo artista había envejecido lamentablemente y ya no pregonaba el eufónico nombre de Serranillas con aquel ánimo optimista y victorioso de antaño. Sin embargo, manteníase erguido y conservaba la altanería del hombre que lleva una historia tras sí.

Después de cenar don Higinio fue al Casino, donde jugó al dominó hasta media noche. Don Gregorio invitole varias veces a una partida de billar, y no aceptó; su conciencia honrada, refractaria a la traición, no resistía la mirada noble, llena de amistad, del médico. Cada vez que el vozarrón franco de Hernández llegaba a sus oídos, todo su cuerpo se estremecía: el remordimiento, como un soplo de aire frío, que le rozaba la espalda.

Pensaba:

«¡Si tú supieses!...».

Salió del Casino acompañado de Julio Cenén y del notario, y animados los tres por la tibieza vernal y la esplendidez lechosa de la noche lunada, encamináronse hacia la feria. Los pequeños comerciantes, los saltimbanquis, los exhibidores de monstruosidades apócrifas y de películas, desmontaban sus barracas; las mercaderías desaparecían en vastos arcones; la tablazón de los mostradores quedaba atada sólidamente con cuerdas; los maderos que fijaron los cuatro ángulos de la tienda eran arrancados del suelo, y al instante la techumbre y las paredes desaparecían. Los martillazos de entonces eran idénticos a los que resonaron allí mismo noches atrás, y parecían, sin embargo, diferentes: el regocijo de la llegada habíase trocado en desilusión y despedida, y flotaba sobre todos aquellos objetos como un cansancio. Las golondrinas se iban y, para mayor tristeza, se llevaban sus nidos.

Don Higinio saludó a la abaniquera de Valladolid. La muchacha no parecía llevarse buenos recuerdos de Serranillas; había vendido muy poco, sus ganancias —según dijo— apenas alcanzaban a cubrir los gastos de ferrocarril y de posada. Desde allí se dirigía a Manzanares; luego iría a Almadén; más tarde, a Valdepeñas.

—Veremos —añadió— si en lo sucesivo quiere la suerte ayudarme mejor.