Perea se despidió de ella deseándola mucha fortuna, y su acento emocionado tuvo una sinceridad paternal. Después él y sus amigos reanudaron su camino. Lentamente todos los ruidos iban extinguiéndose, las luces se apagaban y, según la oscuridad de la tierra acrecía, el cielo, anegado en la evaporación plata de la luna, mostrábase más profundo y solemne. Hallábanse a la conclusión del paseo, cerca de la ermita de San Rosendo y como a dos kilómetros del pueblo. El panorama, bajo la frialdad de la luz astral, tenía desdibujamientos misteriosos; alrededor del valle, que descendía en declive blando hacia las minas, las montañas insinuaban una larga línea de gibas y depresiones blancas, semejantes sobre el espacio oscuro a la raya que una tiza hubiese dejado en la tiniebla de una pizarra. Al fondo, la torre de la iglesia mostraba las esferas iluminadas de su reloj y su cúpula cuadrada, como la cabeza de un ave cabalística, y a su alrededor el caserío se agrupaba silencioso, recogido, lleno del hechizo que tienen los caballetes y las paredes enjalbegadas a luz de la luna.
Cuando Perea, don Jerónimo Arribas y el secretario del Ayuntamiento se retiraron a dormir, eran las dos, y de alquería en alquería, como un alerta, volaba el canto retador de los gallos.
El martes por la mañana, apenas terminó de almorzar, don Gregorio se ciñó bien las polainas, cogió el morral y la canana de los cartuchos y se echó airosamente la escopeta a la espalda. La idea de que pronto llegaría la veda enfurecía sus ardores cinegéticos. Estaba rojo y contento. Su figura heroica, sus pies de jayán y la desmesurada amplitud de su sombrero, llenaban el comedor. Parecía una estatua de Nemrod con traje de pana. Los perros, retozones, ladraban, brincando alegres, frotando contra las piernas ciclópeas del amo sus hocicos fríos. Hernández dio un beso a su mujer y declaró que no volvería hasta la hora de cenar. Ernestín quiso acompañarle; aquel día, precisamente, el director del colegio celebraba su fiesta onomástica y no había clase.
—¿Puedo ir contigo, papá?...
El médico accedió:
—Bueno; pero a condición de no cansarte, pues te advierto que vamos a pegarle mucho al camino.
Doña Lucía, oculta tras una persiana, les miró partir, y tuvo su alma para el médico un sentimiento complejo de piedad y desdén. Luego, apenas se halló sola, experimentó una emoción de miedo, un temblor hondo que alborotaba la marcha de su corazón y parecía enfriar la raíz de sus cabellos.
«A la primera campanada de las seis», había dicho don Higinio.
Doña Lucía no quería acordarse del insinuante y pecaminoso misterio con que estas palabras fueron pronunciadas, ni del voluptuoso martirio que sus lindos zapatos de charol sufrieron bajo las rudas y enamoradas botas del héroe. Tampoco evocaría aquella época, ya tan lejana, en que Perea, soltero entonces, rondaba su reja. ¡Vayan en paz los verdores marchitos!... No: don Higinio, por muy acostumbrado que estuviese a rendir mujeres, no podía haber puesto en ella ninguna ilusión o deseo que no fuese de absoluta honestidad; don Higinio quería mostrarla sus botas y los periódicos que relataban su hazaña, y nada más; y si deseaba recibirla a solas era porque aquellos diarios comprometedores no podían ser vistos de nadie, pues si matando a míster Ruch obró noblemente y en propia defensa, no por eso dejaba de hallarse expuesto a que la justicia algún día le tomara cuentas estrechas y terribles de su acción.
A estas hipócritas invenciones recurría la honestidad de la comprometida señora para no asustarse excesivamente. Una vez más la mentira triunfaba: ella sabía que iba a caer, pero aparentaba no creerlo y así declinaba en Perea todas las horribles responsabilidades de su falta. Para engañarse mejor y sentir menos el peligro, su conciencia sofista levantaba nuevos reductos alrededor de su virtud. Don Higinio, seguramente, no pensaría seducirla; pero, aunque lo intentara, pues de hombre tan desbocado y libertino lo peor debía esperarse y temerse, ¿no tenía ella dientes y uñas con que rechazarle?... Al mismo tiempo otra emoción, que antes que de miedo o remordimiento era de suave complacencia y voluptuosidad, llegaba a turbarla. Claro es que ella sabría, en caso necesario, defenderse bizarramente. Pero... ¿tendría coraje y alientos bastantes para resistir el ciego asalto de la fiera encelada? Recordaba la figura redonda del héroe; don Higinio, puesto en tan apretado trance, debía de tener la violencia terrible de un piel roja. ¡Y como en achaques de amorosas caídas el papel de víctima es tan dulce!... Las supercherías tranquilizadoras de su conciencia, por una parte, y de otra el masoquismo inefable de luchar, pernear, anegarse en llanto si era preciso, y, al fin, ser tomada por fuerza, pacificaban su virtud. ¡Don Higinio!... Aquel hombre que oprimió entre sus brazos italianas y francesas y mujeres de nadie sabe cuantos países, ¿cómo sería en la intimidad?... ¡Sus manos! ¿Qué ardor, qué perversas sabidurías, qué vehemencias salvajes de presidio habría en ellas?... La señora de Hernández creía sentirlas ya sobre sus riñones y cerraba los ojos. Esta emoción, rotundamente sexual, la decidió. ¿Por qué esquivar aquel momento que, sin saberlo, esperó tantos años?... Sí, iría. ¿Acaso otras mujeres, como ella casadas y con hijos, no registraron en su historia una hora igual?... Iría y no vacilaría más; hay que permitir a la razón descansar de cuándo en cuándo en la casualidad, y si se llega a momentos u ocasiones de tanto riesgo, la vida debe cruzarse como cruzan los equilibristas los abismos, sin mirar hacia abajo...