Doña Lucía pasó la tarde tras las celosías de su dormitorio, y en un estado de hiperestesia que distinguía simultáneamente y por igual todos los ruidos de su casa y de la calle, y hasta las trepidaciones más leves de su enamorado corazón. ¡Oh, y con qué lentitud caminaban las horas! Nunca le pareció el pueblo tan callado, tan triste, ni sintió con más fuerza la melancolía de sus calles ociosas, manchadas de musgo. La esposa de Hernández se ahogaba dentro de su corsé. Jamás, ni cuando fue al altar vestida de blanco y el pecho y los cabellos cubiertos de azahares, sus sienes habían latido así. Alternativamente, al roce del menor pensamiento, tenía calor o frío, se ponía roja o se quedaba lívida... ¡Luego es cierto que las humanas entrañas son tan resistentes!... ¡Luego una mujer puede tener un amante y acudir a su cita sin miedo a que, antes de llegar a sus brazos, de alegría y de susto la estalle el corazón!... Y después de la caída, en la conciencia de la adúltera que juró pertenecer solo a un hombre, y de pronto es de dos, ¿qué pasa?...

A las cinco y media vio ir a doña Emilia, Teresita y Carmen, camino de la iglesia. Las dos hermanas llevaban, como siempre, desde hacía cinco años, sus graves hábitos de Nuestra Señora del Carmen, y en las manos, libros de devoción y sendos rosarios de cuentas negras. La señora de Hernández se estremeció, y para no seguir mirándolas tan tranquilas, tan fieles, se llevó su pañuelo a los ojos.

«Van a rezar por él» —pensó.

Y luego:

«¡Oh, es que si “él” fuese mi marido, yo haría lo mismo!...».

Con cuya reflexión y creencia su cariño hacia Perea se recobró y exaltó furiosamente. ¡Ah!... ¿Por qué los hombres peores, los más aventureros, los más díscolos, serán también los más amados?...

Doña Lucía halló al héroe de la Grande Jatte paseándose por el zaguán de su casa con las manos atrás, sobre los fondillos, y en mangas de camisa. A la buena señora no la molestó este detalle prosaico; ella no leía novelas; además, en un pueblo no había razón para que un hombre, por enamorado que esté, se vista de smoking a las seis de la tarde. Cruzaron el patio y llegaron al comedor.

—Estoy aquí de milagro —dijo ella.

—¿Cómo? ¿No se atrevía usted a venir?

—No..., no me atrevía...