—¿Por qué?
—Pues..., ya ve usted; porque no...
Don Higinio hizo un gesto de asombro y ella enrojeció, pues en su negativa palpitaba terminante la obsesión del pecado. Él, familiar, sobreponiéndose trabajosamente a su emoción, la estrechó una mano:
—¡Qué niña es usted!...
Estaba orgulloso y poco a poco adquiría el aplomo de un artista acostumbrado a recibir visitas de mujeres. Ladinamente propuso pasar al gabinete; doña Lucía rehusó; mejor estaban allí; insistió Perea diciendo que los periódicos los tenía guardados en su dormitorio, dentro de un arcón, y ella mantuvo su negativa; en el comedor había más luz. La idea de hallarse con don Higinio cerca de la alcoba la intimidaba. El amante de Leopoldina, convencido de que no derrotaría la obstinada resistencia de su amiga, se alivió considerando que en el comedor, cubierto por una funda de crudillo, había un diván. Concluyó por ceder y fue a buscar los periódicos. Cuando reapareció, la señora de Hernández, a la vez esperanzada y medrosa, bordeaba ese delicioso momento de espíritu en que las mujeres lo desean todo y de todo, sin embargo, se asustan. También ella, apenas llegó al comedor, había visto el diván.
Perea deshizo el tan anunciado paquete de periódicos: eran números de Le Matin, Gil Blas, Le Journal, Le Figaro, Le Petit Parisien, L’Écho de Paris, Le Gaulois, amarilleados por la doble acción del tiempo y del polvo; algunos fueron manchados por la humedad. Allí también estaban las botas del héroe; unos brodequines rugosos, torcidos hacia arriba, manchados por el barro de París. Doña Lucía miraba curiosamente, los ojos abrillantados y como ensanchados por ese interés malsano que a los espíritus impresionables y sencillos inspiran los crímenes. El galán del hotel de los Alpes, entretanto, maniobraba parsimoniosamente, seguro de que su mejor discurso y el rendimiento y total sumisión de la amada residían en aquellos papeles.
Abrió un número de Le Journal y señaló un retrato inserto en la primera columna de la segunda plana.
—Aquí le tiene usted —dijo sencillamente.
Ella se inclinó para ver mejor.
—¿Al holandés?