—Sí.
—¡Oh!... ¡Pobre hombre! ¿Míster Ruch, verdad?... ¡Qué miedo!...
La fotografía, hecha probablemente en La Morgue famosa, era la de un mocetón como de treinta años, desnudo de medio cuerpo arriba; el cuello recio y la mandíbula ancha acusaban una gran fuerza física; usaba bigote y tenía los ojos cerrados; en el pecho, inmediatamente encima de la tetilla izquierda, veíase claramente la mancha de una herida enorme. La impresión que aquel despojo humano produjo en la señora de Hernández fue demasiado intensa. Perea la había rodeado el talle con un brazo; ella empezó a temblar; sus dientes castañetearon y fascinada se estrechó contra el héroe.
Don Higinio leyó un epígrafe:
—«El crimen de ayer». ¿Usted comprende el francés?
Doña Lucía no contestaba; él repitió su pregunta:
—¿Usted traduce el francés?
La esposa del médico coordinaba mal sus ideas y tardó en responder:
—Yo, no.
—Es lástima, pues aquí todo está perfectamente explicado y hay detalles muy interesantes.