Continuó leyendo, mientras su índice de gruesos artejos, terminado por una uña ancha y roma, iba señalando en las columnas del periódico como sobre un mapa.

—Vea usted. Dice: «En la isla de la Grande Jatte». «Las primeras pesquisas». «El cadáver no ha sido identificado». «El móvil probable del crimen...».

Desdobló un número de Le Matin.

—Aquí está el sitio donde fue encontrado el cadáver.

Suspiró.

—Me acuerdo de él perfectamente: si cierro los ojos me parece verlo aún...

Pero la esposa de Hernández apenas le oía: el muerto, con su bigote lacio y la expresión de dolor y de paz que la agonía dio a su rostro, la fascinaba. Y luego..., ¡aquella herida horrible, espantosa, como la huella de un hachazo!...

Con voz tímida, casi imperceptible, preguntó:

—¿Le dio usted muchos golpes?

—Uno nada más; pero espantoso..., ¡eso sí!... El cuchillo entró hasta el mango y la hoja tendría una anchura de tres dedos, tal vez...