Callaron. La seducción rápida, creciente, inevitable, seguía su curso. Ahora doña Lucía miraba temblando las botas; aquellas terribles botas cuyas suelas, quizás, se mojaron en la sangre del holandés.
—¿Las llevaba usted puestas?
—Sí.
—¿La mañana del lance?
—También; no usaba otras. ¡Si hablasen!
—¡Qué horror!... Los hombres... los hombres...
Recobrándose curiosa:
—¿El balazo lo recibió usted en el pecho?
—Un poco más abajo. Aquí; aquí, precisamente, donde las costillas se separan. La cicatriz es muy pequeña; con los años casi se ha borrado, pero todavía se conoce. ¿Quiere usted verla?
Ella no deseaba otra cosa, pero empezó a negar.