—No, no... ¡Qué vergüenza!...

—¿Vergüenza? ¿Por qué?... ¡No sea usted inocente! Si apenas necesito desnudarme.

Se desabotonó la camisa y por la abertura se arremangó la elástica. Apareció la carne blanda, cetrina, cubierta por una espesa pelambrera rucia. Doña Lucía, sin querer, miraba. Vio la herida. ¡Oh!... Y, al acercarse, su nariz percibió un olor acre, penetrante, lascivo: un olor a macho...

La sugestión trágica iba en aumento. La señora de Hernández comprendió que sus piernas empezaban a flaquear; estaba perdida; no la quedaban ni un grito en su garganta, ni un soplo de energía en sus músculos; además, en aquel preciso momento acababa de sentir posarse sobre su espalda la mano de Perea, cálida, impaciente...; la mano asesina...

Sollozando, vencida, la excelente señora refugió su rostro, bañado en lágrimas, contra el chaleco del héroe. El recuerdo de Leopoldina la atormentaba.

—¡Higinio! —balbuceó—. ¡Higinio!... ¡Y todo eso lo hizo usted por el amor de una mujer, por ella se manchó usted la conciencia de sangre!... ¡Ah! ¡Yo adoraría al hombre que hubiera sabido amarme así!...

El dulce momento pasaba adornado con sus atavíos más bellos de humildad y de lágrimas; había que aprovecharlo. Don Higinio cerró la puerta del comedor con llave, y suavemente empujó a doña Lucía hacia el diván; ella cedía, poniéndose un brazo delante del rostro. Y hubo un largo silencio nupcial...

Perea, sofocado aún, pero triunfante y gozoso, se arreglaba precipitadamente el lazo de su corbata delante de un espejo. Ella le observaba, inmóvil, aturdida, pensando que desde hacía unos instantes era otra mujer. ¡Un amante! ¡Tenía un amante!... ¿Y no equivalía esto a haber hallado de nuevo su juventud?...

No pudo contenerse y levantándose le echó los brazos al cuello y le dio muchos besos largos, callados; besos de traición, de adulterio. El orgullo de pertenecer a un héroe llenaba su espíritu:

—¡Higinio mío! ¿Qué tienen los hombres como tú para ser tan amados?