A las siete oyeron llegar a doña Emilia; Teresita, Carmen y su novio, habían ido a visitar, sin duda, a la mujer del notario, que estaba enferma. Mientras la señora de Perea dejaba su rosario y su libro de oraciones en el gabinete, los dos amantes hubieron tiempo de serenarse: don Higinio encendió un cigarrillo y se estiró el chaleco; doña Lucía se pasó una mano por los cabellos y rápidamente, con una borla que sacó de una cajita de celuloide, se empolvó las mejillas. Cuando doña Emilia entró en el comedor, su marido se paseaba indiferente, silbando una canción. Para recibir a su amiga, la señora de Hernández se levantó. Las dos mujeres se besaron.
—¿Cómo tú por aquí, a estas horas? —preguntó doña Emilia.
La interpelada, a pesar de su inexperiencia, halló inmediatamente, en ese gran fondo de hipocresía que caracteriza la arquitectura moral femenina, un aplomo perfecto.
—Me aburría en casa y vine a verte. Gregorio se fue esta mañana de caza y se llevó a Ernestín. ¡Comprende mi fastidio; todo el día sola!... Os vi esta tarde, a ti, a tu hermana y a tu hija, cuando ibais, a la novena, y pensé reunirme con vosotras en la iglesia; luego me entretuve demasiado preparando unos dulces, y ya se me quitaron las ganas de vestirme. Tu marido, para distraerme, me ha enseñado los célebres periódicos...
Perea dirigió hacia la mesa una mirada oblicua de inquietud y continuó paseando. Doña Emilia interrogó:
—¿Qué periódicos?...
—Esos...
Los reconoció en seguida y su rostro se nubló: la molestaba que su marido hubiese dispensado a doña Lucía un tan señaladísimo testimonio de confianza; al fin, aquellos periódicos eran documentos que, más o menos tarde, podían comprometerle. ¿Qué sabe nadie lo que en el día de mañana puede ocurrir? Hay secretos que ligan unas personas a otras como cadenas, y por lo mismo únicamente la esposa puede saber. La señora de Hernández mostró a su amiga el retrato del holandés.
—¿Le habías visto?
—Muchas veces. ¡Dios le haya perdonado!...