Ahogó un suspiro y sus ojos bondadosos se arrasaron en lágrimas. Las dos mujeres, de pie ante la mesa, contemplaban aquellas botas sucias y aquel montón de papeles amarillentos, de donde parecía alzarse, como desde una tumba, la acusadora voz de la víctima. A intervalos, con pasmoso disimulo de histrionisa, los ojos de doña Lucía buscaban al héroe. A Perea se le antojó que aquella escena se prolongaba demasiado. Sin hablar, con la severidad de rostro que cumple a una honda preocupación mental, empezó a recoger los periódicos; apenas si miró el retrato del holandés; comprendíase que el semblante donde la muerte había inmovilizado una expresión de rabia y de angustia, le impresionaba dolorosamente. Para no hacerle sufrir más, doña Lucía quiso dar a la conversación un sesgo frívolo y picante.

—Y el otro retrato —exclamó—, ¿lo conoces?

—¿Cuál?

—El de la italiana.

Doña Emilia se encaró con su marido y sus manos gordizuelas, pacíficas, embarnecidas por los años y la ociosidad, se crisparon: hubo en ellas un temblor de garra.

—¿Es posible? ¿Tienes el retrato de esa tía y no me lo has enseñado? ¿Acaso la quieres aún?...

Doña Lucía azuzaba sus celos.

—Tú eres tonta. Di que te lo enseñe, lo lleva en el bolsillo; el sábado, en la caseta del Casino, estuvimos viéndolo Gregorio, don Cándido y yo.

Perea la miraba sorprendido de su actitud hostil. ¿Por qué aquel aborrecimiento a la hermosa italiana del hotel de los Alpes? Para tranquilizar a su mujer adoptó una expresión a la vez distraída y grave.

—Yo creí —dijo— que lo conocías; no se trata de un secreto, sino de un olvido. Voy a buscarlo; creo que lo tengo en la cartera.