Salió despacio, pero con el andar firme y noble que da una conciencia tranquila. Las dos mujeres, después de seguirle con los ojos hasta la puerta, se miraron.

—¿Qué te parece? —exclamó doña Emilia.

La señora de Hernández arqueaba las cejas y se mordió los labios.

—Cuanto más le trato —dijo—, más me asombro de que haya hecho lo que sabemos.

—Pues, yo no. ¡Si le hubieses visto una mañana dispuesto a estrangular a un hombre que vino a pedirle dinero amenazándole con delatarle a la justicia!...

—¿Es posible?...

—¡Ay, hija! ¡Qué miedo pasé! Higinio se puso hecho un tigre, amarillo como la cera, los labios blancos... ¡Una fiera!... Si no llego tan a tiempo mata al individuo.

Doña Lucía miró a su amiga intensamente, envidiándola de todo corazón el trabajo de tener un marido así. ¡El amor de la italiana, la muerte del holandés!... ¿Pero sabe nadie el perfume que una aventura semejante deja en una vida?... La señora de Perea suspiró y bajó los ojos; dentro de su hábito y en aquella actitud, parecía una imagen. Su voz moribunda, su palidez, sus manos cruzadas devotamente sobre el abdomen, sus pies calzados con cómodos zapatos de paño, parecían decir: «A los hombres de esa condición hay que perdonarles, cuando menos, veinte veces al día».

Reapareció don Higinio, trayendo entre los dedos índice y mayor de su mano derecha una fotografía, que arrojó displicente sobre la mesa.

—¡Ahí tienes el retrato!...