Doña Emilia lo recogió; iba a insultarlo, pero se contuvo, acordándose de que la persona allí representada estaba muerta. Emociones nuevas y enemigas la sacudían: tan pronto sentía despecho de que su marido hubiese tratado a una mujer tan hermosa, tan pronto se holgaba de haber tenido una rival así. En realidad, la belleza teatral y decorativa de la italiana se imponía a sus celos. Doña Emilia y la señora de Hernández permanecían inmóviles, medio abrazadas, como socorriéndose mutuamente ante la expresión de aquella imagen lasciva, tentadora, medio desnuda entre la caricia de su abrigo de piel.
La esposa advirtió que la fotografía había estado dedicada.
—¿Tú conoces la dedicatoria? —murmuró.
—No.
—¿No te la dijo él?
—No.
—¿De verdad?
—¡Palabra!
—Alguna desvergüenza sería.
—¡Figúrate, cuando se ha decidido a borrarla!