—Vaya con salud mi señor don Higinio, y colmado se vea siempre de satisfacciones, y viva más años buenos que penas tiene un pobre.
Gitano parecía por lo zalamero del acento y lo bronceado de la color. Perea echose mano al bolsillo y le dio quince pesetas.
—No llevo más dinero suelto —dijo—; pero otro día llégate a casa, mi mujer te hará un regalo.
El ciego, poco acostumbrado a que usaran con él de tanta largueza, deshízose en férvidas alabanzas, bendiciones y optimistas augurios hacia quien así le socorría; en el silencio de la calle desierta, inundada de sol, su jaculatoria resonaba ardiente. Don Higinio aceleró el paso, con ese delicado rubor de los hombres superiores a quienes los inciensos del aplauso molestan.
—En verdad —iba pensando irónico— que si como dice don Tomás los buenos deseos llegan al cielo, acabo de obtener la bienaventuranza por sesenta reales. ¡Ha sido un gran negocio!...
II
Eran las doce cuando llegó a su casa. Doña Emilia le examinó inquieta. ¿De dónde venía tan colorado?...
—Media hora hace —exclamó— que don Gregorio y don Cándido están aguardándote. Hoy almuerzan con nosotros.
Don Higinio entró en el comedor, donde fue ovacionado. Antes de que pudiera trasponer la puerta, Anselmo, Carmen y Joaquinito le detuvieron, aferrándose a sus rodillas. El boticario le abrazó cordialmente, con una efusión sencilla reveladora de una leal amistad. El médico también arremetió a él, mostrándole victorioso un papel azul.
—Aquí está el telegrama que mi Lucía y yo esperábamos; ya nuestra felicidad es indiscutible. ¡Cincuenta mil pesetas para cada uno de nosotros, Perea de mi alma!... ¡Somos ricos!...