—Ya lo sé, ya lo he oído... ¿Creéis que soy sorda?...
¡Qué éxito! La chiquillería, ineducada y cruel, se desarticulaba de risa.
Pausadamente don Higinio envejecía sujeto a los cuidados de su hacienda, viéndose engordar mientras el tiempo movedizo, maestro de toda farándula, le quitaba unos afectos y le traía otros. Todo cambiaba a su alrededor y todo, sin embargo, continuaba igual. A través de los años las distintas generaciones de los Perea se copiaban, repitiendo tenazmente iguales caracteres y tipos; diríase que la uniformidad de la llanura y la semejanza de impresiones y de alimentos eternizaban en ellas los rasgos aborígenes. Carmencita, aún no tenía nueve años, y ya su perfil recordaba el rostro aguileño de su abuela doña Pastora; Anselmo, del cual todos creyeron que iba a ser alto, repentinamente dejó de crecer y su figurilla comenzó a adquirir carnosidades precoces. Evidentemente, la linfa pacifista de los Perea era inmortal. Don Higinio, siempre algo poeta, solía desesperarse ante aquel existir imbécil de rebaño. La sangre bulliciosa de los Alcañiz, aunque de tarde en tarde, resucitaba en él, desazonándole. En tanto tiempo, ni un viaje, ni una fuga al mundo de la quimera, ni un misterio donde poder sembrar la semilla de una poesía. Don Higinio reconocíase seguido, espiado, por la afectuosa vigilancia de sus conterráneos. Ellos le vieron nacer, ir a la escuela, casarse; año tras año asistieron a los menores incidentes de su breve historia; recordaban las fechas en que perdió a sus padres, y hubieran dicho de memoria la edad exacta de cada uno de sus hijos. También detallaban su hacienda: lo que le redituaba la mina, el número de olivos que poseía y cuánto producíale anualmente la recolección de la aceituna; las sacas de trigo que guardaba en el pósito, cuando ya sus trojes rebosaban; si binaba o no sus tierras, y en cuantos pegujales las tenía divididas y arrendadas para mayor comodidad; y qué bancales destinaba a maíz y cuales a heno, y qué predios languidecían cubiertos de breñas y amarillas retamas. En el Casino se murmuraba todo: si trabajaba su aceña, si se le murió un caballo o si la noche antes rodó mucha agua por las caceras de su huerto... Inútilmente don Higinio procuraba aislarse, recogerse: no había en toda la comarca un rincón, un solo rincón, que fuese completamente suyo. Unas veces los criados, otras su propia mujer, o su cuñada, o sus hijos, lanzaban a la calle cuanto en la intimidad de su hogar sucedía; nunca hallaba esos instantes de aislamiento que todo hombre tiene; diríase que su notoriedad poseía la molesta virtud de mudar en transparentes los cuerpos opacos. Angustia horrible; dentro de su casa, aunque hablase en voz baja y las puertas y resquicios estuviesen herméticamente cerrados, don Higinio experimentaba la desagradable sensación de hallarse en cueros y metido en un globo de cristal.
A este punto de sus acedas rememoraciones y fantasías llegaba Perea cuando Nicanor, el peluquero, que concluía de afeitarle, le interpeló.
—¿Ponemos algo en la cabeza?
Don Higinio abrió los párpados y sus ojos, sus buenas pupilas azules, en las que había un místico desasimiento de cuantas raspaduras de malicia o de odio llevan consigo las almas vulgares, posáronse afectuosas en su interlocutor, cuyo rostro, de líneas enjutas, repetía sobre la delgadez del cuello un eterno movimiento negativo. El barbero creyó que no había comprendido su pregunta, y repitió:
—¿Quiere usted algo en el pelo?
—Écheme colonia.
Las manos de Nicanor, frotando ahincadamente la cabeza de su cliente, aligeraron el curso de sus meditaciones; su ánima sencilla orientose hacia el optimismo. Si los placeres de un domingo bastan a aromar el agrio y seco transcurso de la semana, ¿no bastará también un hecho cualquiera notable a embellecer una vida? Pensó en la lotería. ¡Aquellas cincuenta mil pesetas caídas así, como de una nube, en la aridez de su existencia cotidiana!... ¿No vendría con ellas el viaje novelesco, el amor imprevisto, la aventura trastornadora y violenta, que luego, al deshacerse a lo largo de los días futuros, dejaría en su historia el perfume de algo hazañoso y distante?...
Don Higinio salió de la peluquería muy colorado; el aguardiente que Cenén le obligó a beber empezaba a turbarle, y además la seguridad de que durante muchos meses todo el vecindario tendría puestos en él los ojos contribuía a aturdirle. Ya cerca de su casa, encontró a Pablo. El ciego le reconoció por los pasos.