Esta reflexión, devolviéndole todo su reposo, acrecentó su afición a la pesca. Muchas mañanas, y aun por las tardes, unas veces vestido de dril y provisto de un blanco panamá, otras encapotado y metido en altas botas marineras, don Higinio requería sus trebejos de pescador y marchábase a guerrear contra los pececillos del Guadamil, cuyas aguas tersas y azules, de un azul heráldico, rodaban platicadoras a medio kilómetro del pueblo. Para él las riberas del Guadamil no encerraban misterios: conocía los secretos de la hoya del Jabalí, muy difícil de vadear en la estación de las lluvias, su fuerza de atracción según la altura de las aguas y los sitios por donde podía pasarse de una orilla a otra a caballo o a pie; sabía también los lugares en que la corriente se amansaba y era así más propicia a la pesca, los remansos arbolados buenos para dormir las siestas estivales, y aquellas hondonadas, horras del viento y sin escobos, inmejorables para gozar en invierno plenamente del sol.

Don Higinio dedicaba a su deporte favorito muchas horas. Generalmente iba solo y cuando llegaba cerca del paraje donde había de instalarse, caminaba de puntillas para no intimidar con el ruido de sus pasos al enemigo. Seguidamente encebaba los anzuelos, armaba dos cañas que ponía sobre horquillas, y luego, sentado en un catrecillo de lona, las piernas cruzadas, el cigarro puro entre los labios gruesos y tranquilos, hundía sus miradas en la linfa azul donde las cañas proyectaban dos rayas amarillas y paralelas; los corchos que sostenían las carnazas vibraban inquietos en la tersura filante del agua. De súbito, uno de ellos se hundía, indicando que un pez había mordido el engaño. Inmediatamente Perea requería la caña levantándola con gesto victorioso, y el prisionero, arrancado a su elemento, convulsionado por la asfixia, pintaba sobre el gran telón verde y cobalto del paisaje una interrogación de plata. Don Higinio, fuera de sí, raras veces podía reprimir un grito de júbilo, fiero y ancestral. Era algo sádico, removedor, misteriosamente carnal, que le obligaba a entornar los ojos, y le producía una laxitud semejante a la que dejan en el ánimo las corridas de toros. Después iba al Casino, donde, jugando al dominó, esperaba a que fuesen a llamarle de su casa para cenar. De noche no salía a la calle casi nunca.

El tiempo, entretanto, proseguía su eternal labor renovadora. Ya Anselmito, el primogénito de don Higinio, tenía cuatro años cuando falleció don Salvador; al año siguiente doña Pastora siguió a su marido, que es notorio cómo los viudos se sobreviven poco, y la rápida desaparición de aquellas dos cabezas blancas y amadas, al erigir a don Higinio en jefe supremo del hogar solariego, impuso a su natural reflexivo y grave una austeridad nueva. El buen hombre sintió que el amor a su casa, a la pesca y al dominó se acrecentaban. Pensó: «No pasaré de ahí». Fue aquello como una ratificación decisiva de su carácter. Pausadamente las viejas heridas cruentas se cerraban. Nació Carmen. Tres años más tarde, doña Emilia perdió a su madre, y Teresita, su hermana menor, que seguía soltera, prefirió quedarse con ella en Serranillas a vivir en Almodóvar con su padre. Después nació Joaquinito.

Doña Emilia era uno de esos temperamentos enérgicos que florecen y frutecen pronto y saben mandar. Su actividad belicosa, su instinto práctico, su fortaleza, beneficiaron su hacienda tantas veces, que Perea jamás se determinaba en asuntos de riesgo sin antes aconsejarse de ella. Madrugaba con las claridades prístinas del amanecer y se dormía tarde, luego de ver que las puertas estaban bien cerradas, los perros sueltos, el fuego de la cocina apagado, la servidumbre recogida y todo en su sitio. Durante el día trabajaba febrilmente: guisaba, zurcía, regañaba a sus hijos, vigilaba la salpresa de los tocinos, examinaba las ropas que las criadas tendían a secar en el jardín, y todo había de pasar por sus manos escrupulosas y a todo sabía poner reparo con una diligencia sin sueño y sin oasis. Ya no tocaba el piano; una madre de familia se debe a obligaciones más altas, y ella, dentro de su hogar y sobre su marido, ejercía una jefatura omnímoda. Este atrafagamiento mantenía su belleza y su salud. A los treinta y cuatro años doña Emilia era una mujer embarnecida, de negros cabellos y ojos vivísimos, en cuyo rostro, grueso y moreno, lucía el almendrado regocijo de unos dientes pequeños y blancos.

Teresita, doncellona, dulce y un poco sorda, constituía el reverso de su hermana.

La bonitura de sus años primaverales se marchitó y arrugó tempranamente, cual roída por el fuego de un temperamento demasiado emotivo quizás. Alta, flaca, los cabellos de color tabaco, la sonrisa fácil, los ojos reservados y amables, sus pies apacibles recorrían las habitaciones sin ruido. Sus sobrinos la adoraban. Ella les ayudaba a vestir por las mañanas, les llevaba de paseo, les defendía de las cóleras maternales, y en la mesa les ponía la servilleta al cuello. Su timidez buscaba la sociedad de los niños. Era buena, callada, dócil y jamás tuvo verdadera personalidad. Teresita carecía de valor sustantivo; para los vecinos nunca fue Teresita: unas veces era «la hermana de doña Emilia»; otras, «la cuñada de Perea» o «la tía de Anselmito...». Ella no protestaba de este emborronamiento, un tanto despectivo, en que la dejaba la opinión; acaso no lo advirtió siquiera. Su cuidado único era no parecer sorda, y en disimular tal defecto cifraba todo su empeño. Muchas veces decía:

—¡Voy!... ¡Voy!...

Y echaba a correr hacia donde creía que la habían llamado. Sus sobrinos, advertidos de su debilidad, la burlaban:

—Tía Teresa, ¿no oyes que mamá pregunta por ti?

Ella respondía: