Don Higinio fue un niño estudioso, reflexivo, incapaz de mentir, que pasó por la escuela sin conocer la vergüenza de ser castigado. Diríase que el prestigio de su apellido le obligaba a ser bueno. Hablaba en voz baja y sus ademanes, recogidos, expresaban una timidez simpática. Era amable, modesto, callado, un poco melancólico, con esa leve nostalgia de ausencia que embellece la fisonomía de los distraídos; mas no pecaba por ello de cobardón, que una y muchas veces, puesto a reñir con otros muchachos de su edad, supo acreditarles reciamente el neto temple manchego de su voluntad y el áspero esfuerzo y diligencia de sus puños. Algo había, sin embargo, dentro de él que renegaba de aquella ejemplar bondad. Si sus maestros otorgaban premios a su aplicación, se avergonzaba de sus honores como de una falta; si su padre le felicitaba por su laborioso comportamiento, sus mejillas enrojecían y cerraba los ojos: él hubiera querido ser díscolo, revoltoso, peleador. De noche, en su casa, acordándose del compañero a quien el profesor había puesto de rodillas o encerrado en un calabozo, experimentaba estremecimientos agudos de envidia. ¡Si hubiese tenido el desparpajo necesario para ser travieso!... Pero le faltaban originalidad, gracia y arrestos. Una vez, ¡solo una vez!, que se decidió a cometer una inconveniencia, sus maestros le perdonaron. El director del colegio le dijo: «Eso no es digno de usted, señor Perea...». Y no sucedió más. Aquella noche, el muchacho lloró amargamente: comprendía que dejaba la niñez sin haber sido niño; le hablaban como a un hombrecito porque sus expansiones carecían del atolondramiento frívolo, lleno de ingenuidades graciosas, que distingue a la infancia, y reconociéndose obligado a ser reflexivo, circunspecto, mesurado en sus palabras y acciones, lloró como nunca. Su dolor era el inmenso dolor de los buenos arrepentidos de su virtud.

La pubertad corroboró esta inclinación a la melancolía; persistía en aquel jovenzuelo, habitualmente silencioso, una laxitud de fracaso, la tristeza noble de un viejo jardín señorial, algo semejante al remordimiento de un destino incumplido. Era la sangre cálida de su madre; savia inquieta de guerreros, de místicos, de cruzados, tal vez. Como su hijo, doña Pastora, al declinar el sol, contemplando los alcores breñosos que circundaban el árido valle de Serranillas, sin razón ninguna, se quedaba triste.

Una cometa lanzada al viento desde el hondo cauce de un barranco asciende muy mal; en cambio, subirá fácilmente si la remontan a orillas del mar o desde la altura de algún puente. Y como ese juguete son los individuos: el hombre, para medrar y manifestarse en la gloriosa plenitud de sus facultades, necesita aire, ambiente, espacio; la ráfaga de perdición o de victoria que la alegre Fortuna levantó en cada vida una vez...

Don Higinio no recibió nunca la eficacia novelesca de aquel impulso. Su niñez fue deslizándose entre el cariño fraternal de sus compañeros de colegio y la indulgencia protectora de los amigos de su padre. Este ambiente familiar anquilosaba y reducía las propensiones fantaseadoras del muchacho. Como era un terrible imaginativo se aficionó a leer novelas, y pareciéndole poco esto y queriendo mezclarse en algo raro, inventaba cartas folletinescas donde hablaba de homicidios o raptos cometidos o por cometer; y luego, puestas en sobres dirigidos a un nombre cualquiera, las tiraba a la calle. Nunca faltaban transeúntes curiosos que las recogiesen, y si por azar empezaban a leerlas, su autor, oculto tras las persianas de su cuarto, sufría inexpresables emociones de regocijo y de miedo. Aquellas personas quizás entregasen su hallazgo al juez; era la pista de un crimen; se incoaría un proceso, se detendría a los individuos de vivir sospechoso; él mismo, acaso, tuviese que declarar...

La segunda enseñanza la estudió libremente, merced a una nueva disposición del Ministerio de Instrucción pública que dispensaba a los alumnos de la asistencia universitaria durante el período lectivo, y aunque en los meses de junio y septiembre hubo de ir a examinarse al Instituto de Ciudad Real, siempre fue custodiado, más que acompañado, por sus familiares. Jamás salió a la calle solo. El cariño vigilante de los suyos había levantado a su alrededor una especie de reducto carcelario: ni una hora de sabroso aislamiento, ni un resquicio de libertad por donde llegase a él un olor de aventura y paganía. A los dieciocho años terminó el grado, y como no mostrase inclinación hacia ninguna carrera, y, de otra parte, sus padres creyeran granada la ocasión de adiestrarle en el gobierno de su hacienda, el flamante bachiller se quedó en Serranillas.

Poco a poco, Higinio, redondeado por las grasas del vivir ocioso, iba convirtiéndose en don Higinio. La figura lucia y pequeña de su padre reproducíase exactamente en él: tenía los ojos azules y suaves de los Perea, el caminar tranquilo, la mandíbula fuerte, la cabeza grande y juiciosa, bajo los cabellos cortados a máquina. Su juventud, sin pecar de taciturna, fue siempre prudente y ordenada, cual si todos los ensueños dramáticos de su niñez hubieran ido resolviéndose en nostalgia cortés, ecuanimidad y suave pereza interior. Su espíritu valiente, equilibrado, compacto, ofrecía la apretada solidez de la llanura manchega; su alma era firme y maciza, como su cuerpo. Hablaba poco, reía de tarde en tarde, y jamás, ni aun por inocente donaire o pasatiempo, dijo un embuste. Era triste porque era sincero; tenía la calma doliente de la vida. De esta misma sencillez un observador hubiera deducido que si aquel hombre bueno, noble y bravo, alguna vez, por obra de cualquier imprevisto impulso, se decidiese a mentir, su mentira cristalizaría y se haría realidad.

Con la figura de su padre heredó Higinio Perea las dos grandes aficiones de don Salvador: el dominó y la pesca. También jugaba al billar, aunque la cortedad y gordura de su talle le impedía dominar cómodamente la mesa, y en el Casino nadie descifraba charadas como él, ni supo fabricar mejores caramelos con los terrones de azúcar que derretía en una llama de alcohol sobre el mármol de las mesas. Nunca montó a caballo ni disparó un arma de fuego, y la única vez que llevado del ejemplo de sus amigos fue a cazar perdices, regresó con las manos vacías.

Por parecerse a sus progenitores, heredó de ellos hasta el reúma.

A los veinte años sufrió un ataque de artritismo que le tuvo encamado mucho tiempo y pareció contribuir a uniformar y sentar su carácter. Dos años después celebró matrimonio con la señorita Emilia Álvarez, una de las mayorazgas más ricas y mirladas del pueblo. Aquella boda, asistida secretamente por los padres de los novios, fue tranquila, inocente, como esos festivales donde la gravedad burguesa adjudica premios a la virtud. Ni un momento de lucha, ni un barrunto de celos. Los mozos aspirantes a la hacienda de Emilia, al saber que el hijo de don Salvador la pretendía, depusieron su empeño, y Emilia aceptó a Higinio sin darse exacta razón de su sentimiento, sin paladearlo apenas, como esas medicinas que los enfermos, medio dormidos, beben de noche. Era una belleza voluntariosa, gorda y trigueña, que tocaba al piano valses de Strauss y sabía hacer dulces.

Don Higinio vio en su matrimonio y en el nacimiento de su primer hijo los dos golpes decisivos dados por el prosaísmo de la realidad a aquella especie de asimetría espiritual, tímidamente aventurera, que antaño había tremolado como un penacho sobre su alma infantil. Ya su porvenir quedaba trazado definitivamente; era diáfano, sosegado, horizontal: viviría en Serranillas, mejoraría sus tierras, asistiría vestido de negro al entierro de sus amigos, y cuando su última hora fuese llegada, iría a ocupar su lecho de piedra en el panteón familiar.