—¿Damos el jabón con brocha o a mano?... Mi opinión, ya la conoce usted: estoy por lo antiguo; la brocha, como dice don Gregorio, será más limpia, más higiénica; pero la mano trabaja la barba mucho mejor.
—Pues... ¡como usted quiera!
—Entonces, a mano.
Era un viejecillo que ovillaron el trabajo y la edad, y cuya cabeza reducida y peliblanca, alargada por una barbilla quijotesca, movíase con temblor de epilepsia a un lado y otro, como si el largo espectáculo de todo lo hediondo, de todo lo ruin, de todo lo injusto que había visto en la vida, hubiese enseñado a sus pobres nervios aquel ademán de reprobación. Nunca se movió de Serranillas. La mayoría de los mozos estaban abonados a su establecimiento, y por un duro al año tenían derecho a un afeitado semanal, por cuanto este les costaba diez céntimos y aún salían beneficiados en dos servicios. Su clientela era numerosa; todas las cabezas que conoció jóvenes fueron blanqueando bajo sus tijeras; veinte años atrás, el mismo don Higinio había dejado sobre la navaja de Nicanor el terciopelo inocente de su primera barba.
De aquel episodio el buen Perea se acordaba aún: fue un domingo, después de misa mayor, mientras su padre y otros vecinos de viso iban a la estación a recibir al señor gobernador de Ciudad Real. ¡Cuántos años huyeron desde entonces! Por señas que la peluquería, con su largo espejo sin marco y sus paredes enjalbegadas, adornadas de cromos chillones, no había cambiado. Ahora, adormecido bajo los sobajeos rítmicos y suaves del barbero, don Higinio, los ojos medio cerrados y los soplados carrillos cubiertos de jabón, veía pasar su historia: una de esas vidas horizontales que, por muy dilatadas que sean, se abarcan de una sola mirada, como las llanuras.
Si la dicha es aquel difícil estado de beatitud espiritual producido por la venturosa simultaneidad y ayuntamiento de una recia salud, de una familia honorable, numerosa y bien avenida, y de rentas pingües y seguras, don Higinio Perea tuvo a mano cuanto hubiese podido menester para ser dichoso. Acaso por esto mismo no lo fue del todo, que la felicidad, con aquella quietud y radical cesación de apetitos que trae consigo, empacha como la miel y produce una especie de sofoco íntimo, muy semejante a la congestión. Todo hombre, aun el más sencillo, es paradójico. Así, cabalmente, porque era muy feliz don Higinio considerose siempre un poco desgraciado. El deseo no es solamente algo adjetivo, inseparable del objeto que lo provoca y merece, sino que suele también producirse de modo espontáneo, en cuyo caso su impulso es el más truculento y aflictivo de todos, pues no adquiere orientación fija ni hay medio, por consiguiente, de definirlo. ¡Desear!... Pero, «desear» ¿qué?... A la agonía sedienta del sujeto ninguna realidad aplacadora responde; querer... y no saber lo que se quiere; anhelar... y que ese anhelo roedor carezca de nombre; sentir en lo arcano de la conciencia un flujo de energías y no poder encauzarlas y llevarlas al goce de la acción. ¡Desear!... Es un infinitivo que destriza las almas, las enerva, las entumece, las viste con harapos de aburrimiento, las infiltra ese horrible frío espiritual, peor que el de la nieve, que ningún termómetro podría medir, y unas veces se resuelve en egoísmo feroz, y otras en suicidio.
Don Higinio, a pesar de su empaque cordial y rollizo, padecía esa inquietud romántica. Don Salvador, su padre, uno de los caciques más adinerados de aquel sexmo, había nacido en Serranillas; su abuelo, don Huberto, también, y ambos fueron labradores laboriosos y de costumbres comedidas. Su madre, doña Pastora Alcañiz, era natural del inmediato pueblo de Almodóvar del Campo, y su familia de las más acomodadas y queridas de la región, tanto que cuando doña Pastora y don Salvador unieron santamente sus voluntades ante el altar, la fiesta adquirió visos de holgorio público, y como los padres de los contrayentes regalasen a sus Ayuntamientos respectivos mil pesetas para los pobres, hubo música en la plaza, fuegos artificiales, bailes, columpios, carreras de burros y otros divertimientos rústicos y sencillos a los que concurrió todo el mocerío de ambos pueblos.
Si conocido y apreciado era el linaje de los Perea, de Serranillas, no menos valimiento, estimación y notoriedad tenían los Alcañiz, de Almodóvar. Ni una línea de bastardía, ni una acción vituperable, ni siquiera un rumor de galantes andanzas, ensombrecía la limpia progenie de aquellas dos familias que supieron mantenerse ajenas a cuantos desastres civiles asolaron a España durante la última centuria, y donde todas las mujeres fueron devotas, caseras y fecundas, y los hombres trabajadores y nada aficionados a emprender viajes ni a correr peligros. La honradez más escrupulosa, el culto al hogar, la fidelidad, la economía, el orden, el miedo burgués al porvenir, vinculados aparecían a la historia de ambas desde muy antiguo. La de los Perea, especialmente, anquilosada a lo largo del tiempo por la secular monotonía pueblerina, perpetuaba de generación en generación, con el mismo tipo moral, la misma figura. Don Higinio se parecía a don Salvador, como este se asemejó a don Huberto, como don Huberto fue el asombroso trasunto de don Miguel, su padre, cuyo retrato al óleo honraba la Sala capitular de aquel Ayuntamiento; de unos en otros repetíase la primitiva cabeza crecida y redonda, el coramvobis placentero, ingenuo y canonjil, el pestorejo magro, el cuerpo cuadrado y ventrudo, sin alborotos nerviosos, sin arbitrariedades ni crispamientos de pasión, cual sumido en esa dulce modorra que extiende la grasa sobre los caracteres.
Por tanto, la frágil semilla de rebeldía que a espaciados intervalos conturbaba bordonera el ánimo de don Higinio, debía referirse a su madre; era algo cognático, pero tan efímero, impreciso y lontano, que ni aun el etógrafo más sutil hubiera podido determinarlo. El semblante bello y fosco de doña Pastora lo señalaba así: fue una hermosura genuinamente castellana, pálida y enjuta, con la tiniebla de los ojos muy bruñida y los finos labios rezumando misticismo, elación y desdén, y sobre la aguileña nariz un entrecejo reconcentrado, duro como un ramalazo tardío de violencia medieval.
Don Salvador hubo de doña Pastora Alcañiz tres hijos, de los cuales solo medró el primero: aquel Higinio que luego había de dar a la lucida estirpe de los Perea nuevos retoños llenos de sanidad.