—Gracias, recuerdos...
Al pasar por delante del Casino, Julio Cenén, secretario del Ayuntamiento y varios amigachos suyos, acudieron diligentes a saludarle. Perea se dejó regalar y luego obsequió generoso a los que le habían convidado. Así, invitando unas veces y comprometido otras a beber, trasegó nueve o diez copitas del mejor aguardiente que producen las destilerías famosas de Cazalla, con lo que su carácter, habitualmente mustio y reservón, adquirió una verbosidad muy picante y simpática. Cuantas personas le veían se apresuraban a felicitarle. Don Higinio estaba asombrado; conocida la envidia social, jamás hubiese creído que una buena noticia pudiera divulgarse tan pronto; sin duda era el deseo que los hombres tienen de mortificarse unos a otros, refiriéndose la dicha ajena, lo que la servía de vehículo.
Acompañado de Cenén, prosiguió hacia la peluquería su camino; una verdadera marcha triunfal: desde los zaguanes y en los comercios, parados sobre los mostradores, mujeres y hombres le saludaban. El alarife don Nicolás salió de la zapatería, donde estaba probándose unas alpargatas, a darle la mano.
—Eso de echar de largo, don Higinio, no está bien. A la noche nos veremos en la fonda de Justo y tendrá usted que convidarme...
En la plaza, don Cándido Recio, parado ante la puerta de su botica, mostrando su vientre petulante y jocundo más redondo que el globo de bermejo cristal que regocijaba de noche el empolvado escaparate de la farmacia, también le reverenció y festejó tremolando un pañuelo. Llegó a la peluquería. Nicanor dejó la navaja que afilando estaba contra un suavizador, y acudió a estrecharle las manos. Él era uno de los vecinos de Serranillas que primero tuvo conocimiento de la fausta noticia; la supo minutos después de llegar el correo de Madrid por boca de Pablo el ciego.
—Piensa visitarles a usted y a don Gregorio —agregó—; porque, según parece, fue él quien les vendió el número premiado.
—Efectivamente.
Don Higinio ocupó uno de los dos sillones que había en el establecimiento. Cenén se marchó a despachar diligencias urgentes que Arribas, el notario, le había encomendado. Nicanor, arrastrando sus zapatillas en chanclas, se acercó a Perea.
—¿Afeitamos, don Higinio?
Y como este hiciese un gesto afirmativo, Nicanor prosiguió: