—¿Te sientes mal? Me parece que sí... ¿Quieres beber un poco de tila?...

Perea sonrió baladrón. ¡Ni que fuese una señorita! Aseguró hallarse tranquilo, ecuánime, dueño absoluto de sus nervios; para mayores emociones estaba templado su ánimo. Además, no convenía abandonarse al regocijo sin poseer la definitiva certidumbre de la fausta nueva. Aquellas cien mil pesetas adjudicadas, según el periódico, al número siete mil cuarenta y cinco, podía ser un error de imprenta.

—Eso mismo pensamos nosotros —interrumpió doña Lucía—, y ya Gregorio ha telegrafiado a Madrid pidiendo informes. Hoy recibiremos contestación.

Don Higinio saludó a su amiga con una cariñosa palmadita en el hombro, dio la mano a doña Benita, agradeciendo sus parabienes con frases urbanas, y salió a la calle. Eran las once. Parsimoniosamente, encaminose a la peluquería de Nicanor. En la esquina saludó al cura don Tomás Murillo, que volvía de la iglesia: un hombre alto, muy delgado, muy pálido y muy bueno.

—Ya me lo han dicho, don Higinio; de salud sirva...

—Gracias, don Tomás..., y que usted lo vea.

Siguió adelante, muy terne. Desde una ventana, Manolita, la esposa de Pepe Martín, el carpintero, le siseó con una cordialidad amistosa llena de afecto.

—¡Don Higinio!...

—Hola, mujer.

—¡Ya lo sé! ¡Que sea enhorabuena!...