—Sería gracioso que a mí también me diera un ataque de nervios...

Pero, ¡quia!, no había cuidado; él era fuerte. No obstante, sentía miedo, un raro temblequeo interior que parecía enfriarle el estómago y le aceleraba el pulso. Terminó de lavarse, se puso otro pantalón y con el recién quitado, viejo y muy traído, se frotó las botas. Esparrancado ante el espejo, los tirantes colgando sobre los fondillos, iba anudándose la corbata, absorto, indeciso, vapuleado por un oleaje de jamás conocidas emociones. Sentíase desarraigado, desposeído del sereno dominio que tuvo siempre sobre sí mismo. No era porque necesitase aquellos diez mil duros con que la suerte, loca y próvida, acababa de exornarle el bolsillo: sus asuntos marchaban ricamente; su mina de Serranillas y las heredades que poseía en otros pueblos de Ciudad Real le rendían anualmente mucho más de cuanto él, emperezado y metódico, hubiera podido gastar; las dos cosechas últimas fueron excelentísimas, cual si la lluvia y el sol hubiesen maniobrado de acuerdo para lozanear los trigales y madurar la uva; a su muerte sus hijos serían terratenientes por valor de más de ciento treinta mil pesetas cada uno...

Aquel recóndito alboroto que su ánimo desinteresado y artista no acertaba a clasificar bien, reconocía orígenes de otra muy noble y alquitarada raigambre espiritual. Era, sencillamente, lo Imprevisto, la Incógnita anónima y sin perfil que su alma ingenua esperaba desde que sus dieciocho años le dieron, con el primer ensueño, el zumo voluptuoso de la primera melancolía; el Azar farandulero, la alondra de la Ilusión, la bruja Aventura que le salía al camino, un antifaz sobre los ojos y una canción sobre los labios. ¡La lotería!... Perea no podía admitir que diez mil duros, ganados así, de sopetón, no fuesen motivo sobrado para desquiciar una existencia tan suave, mansurrona y encarrilada como la suya. Detrás de aquel segundo premio, que haría palidecer de envidia a la sociedad más apersonada y lucida de Serranillas, algo nuevo, muy grande, muy trascendental, le acechaba: quizás un largo viaje, acaso una mujer...

Don Higinio concluyó de vestirse; se atusó pulcramente las guías rebeldes de su bigote; colocose su sombrero de fieltro blando, color café, más inclinado que de ordinario, sobre la oreja izquierda; tosió fuerte, estirose los puños de la camisa y, pisando con majeza y aplomo, salió del dormitorio. Iba feliz. Los hombres son como los días: hay siempre en la historia de aquellos un momento de máxima ventura, de suprema prosperidad, semejante a esos segundos de plena luz en que el sol toca al meridiano. Don Higinio acababa de comprenderlo así; por primera vez en el fastidio de su vida llana y uniforme, eran las doce.

Llegó al comedor: habitación espaciosa, alegre, con su larga mesa familiar cubierta por un hule blanco, su sillería vienesa de rejilla y dos ventanas abiertas sobre la luminosidad reverberante de un jardín. Allí estaban doña Lucía, ya vuelta y casi olvidada de su ataque; doña Emilia, Teresa y doña Benita, la esposa de don Cándido, el boticario. La aparición de don Higinio fue saludada con un jubiloso garbullo de risas y cordialísimas frases de salutación, enhorabuena y alabanza. Doña Lucía se permitió abrazarle: era una mujerona de carnes exuberantes y apretadas, recia de voz y de ademanes, colorada, saludable y vehemente, cuyos negros ojazos de harén siempre estaban húmedos.

—Es usted el hombre de la dicha —exclamó—, y mañana, en Ciudad Real, será usted «el hombre del día». Bien dicen que el dinero tira del dinero, y que los bienes, como los males, siempre van en traílla. ¿Pero qué le ha hecho usted a la suerte para que le quiera tanto?...

Doña Emilia intervino:

—Pues, ¿y tú?...

—¡Es verdad! Mi pobre Gregorio está como loco; hoy no receta. Cuando leyó en el periódico que el siete mil cuarenta y cinco había obtenido el segundo premio, se quedó blanco como un muerto. ¡Figúrense ustedes!... Aquí se puede decir: ¡Cincuenta mil pesetas!... Es la primera vez que vamos a ver tanto dinero junto.

Don Higinio permanecía aturrullado, sin palabras que oponer a la ardiente filatería de su interlocutora. Al cabo declaró que iba a afeitarse. Estaba rojo y un ligero mador bruñía su frente. Doña Emilia se levantó para manosearle las mejillas.