Todos la reconocieron: era doña Lucía, la esposa del médico. Don Higinio reaccionó súbitamente; comprendía la ridiculez de su actitud; acababa de verse barrigón, en camiseta y sin pantuflas, encaramado sobre el arcón como en un altar.

—No la dejéis entrar —exclamó levantándose de un salto—; vendrá a hablar de la lotería; yo necesito vestirme...

Seguida de su prole doña Emilia escapó, empujando a su hermana; los criados salieron delante.

—¡Estamos aquí, Lucía, estamos aquí!...

Perea cerró la puerta, y acercando un oído al agujero de la llave púsose a escuchar. Las mujeres se abrazaban, se besuqueaban apasionadamente, y su nerviosidad era tan pronto risa estridente como gozoso llanto: fue una algarabía ornitológica, una trepidación de golpes, de taconeos, de muebles removidos. De súbito doña Lucía sintiose indispuesta; empezó a suspirar: era la emoción, quizás el corsé...

Teresita gritaba:

—¡Que traigan vinagre!...

Y doña Emilia:

—¡Mejor es el azahar!... Ahí, en el comedor, está la botella. ¡Vicenta, Julia, ayuden aquí!...

Hubo voces belísonas, jadeos, empellones, carreras, y luego un silencio y el roce de algo muy pesado. Indudablemente, entre todas las mujeres se llevaban a doña Lucía hacia las habitaciones interiores de la casa, y como la señora de Hernández era muy altona y opulenta no pudieron tomarla bien en brazos, y sus pies inertes iban arrastrando por el solado. Después, casi de súbito, cual si acabasen de cerrar una puerta, el ruido decreció; la algarabía trocose en murmullo. Don Higinio, sonriendo, dejó su observatorio.