—¿No te lo dije?... ¡Si había comprado el número a medias con el médico!...

—A medias —musitó don Higinio.

Doña Emilia, tan hacendosa, tan defensora de lo suyo, aguijoneada en aquellos momentos por la codicia, dardeó sobre su esposo una ojeada homicida.

—Es tonto; no sabe ir solo a ninguna parte.

Don Higinio asintió con la cabeza; tu mujer tenía razón: él «no sabía ir solo a ninguna parte». Un impreciso malestar le invadía, una especie de calor que le abarcaba desde la nuca a las sienes, una sensación invasora de plétora que le congestionaba y aturdía, cual si dentro de su cerebro acabara de introducirse una idea demasiado grande. Así estábase coartado, las manos inactivas sobre la blandura de los muslos rollizos y cortos; sus pantuflas habían caído al suelo, y los morenos pies oscilaban en el aire, huesudos y grotescos. A su alrededor, sus familiares componían un grupo expectante y risueño: los criados cuchicheaban bajo el dintel de la puerta; Teresita y doña Emilia se habían abrazado cual si necesitaran favorecerse mutuamente para resistir el choque de una dicha tan impensada y crecida; Anselmo y Carmencita sonreían ante un Eldorado de juguetes.

—A mí me comprarán un sable.

—Yo quiero una muñeca y un pliego de calcomanías...

Joaquinito, el menor de los hermanos, había ido acercándose poco a poco a su padre y le observaba atentamente, metiéndose hasta la primera falange un dedo en la nariz.

Una voz clarineante, timbrada nerviosamente por el júbilo, resonó en el patio:

—¿No hay nadie en casa?...