—Sí.
Perea miró el sitio donde estaban los diferentes siete mil agraciados por la suerte. Doña Emilia exclamó colérica, celosa de que nadie dudase de su fortuna:
—¡No es ahí, tonto, más que tonto!... Si tenemos un segundo premio...
—¿Un segundo premio?...
El asombro había convertido a don Higinio en eco.
—Sí, mira bien; aquí está; aquí... Siete mil cuarenta y cinco... ¿Ves?... Siete mil cuarenta y cinco; cien mil pesetas.
—¡Cien mil pesetas! —repitió don Higinio absorto.
—¿De las cuales —agregó Teresita— le corresponden a don Gregorio Hernández cincuenta mil?...
—Cincuenta mil —afirmó Perea.
Teresita interpeló a su hermana: