—¡Hay que decírselo a papá!...

La ocurrencia tuvo la eficacia de una orden: fue un revuelo de faldas, de pisadas diligentes, de cuerpos que rozaban las paredes y se manchaban de cal al apretujarse en la estrechez de los pasillos.

Al principio, don Higinio Perea estúvose quieto, un tanto sobresaltado, pero sin que su alboroto le determinase a la acción; en el tedio sempiterno de su vida, de su existencia sin altibajos, emborronada en la uniformidad del mismo apacible color, no concebía que pudiese ocurrir nada insólito. No obstante, proyectando una sombra perpleja sobre la bondad de los ojos azulinos, sus cejas densas se contrajeron: aquel apasionado hablar, aquella bulliciosa alegría de enjambre, aquel estremecimiento de domingo...

Iba hacia la puerta cuando esta, con recio ventoleo, se abrió de par en par. Doña Emilia, su hermana Teresa, los tres niños, Vicenta la cocinera, el ama de llaves, las dos azafatas que asistían a la mesa, el jardinero, estaban allí. La esposa de don Higinio, roja de emoción, avanzó la primera, tremolando victoriosamente un número de El Faro.

—¡Nos ha tocado la lotería! ¡Higinio de mi alma, Dios ha venido a vernos!...

Perea balbuceó:

—¿Nos ha tocado la lotería?...

La sorpresa producía en su ánimo sedentario el efecto del sueño; lejos de despabilarle, le amodorraba, y entumecía el entendimiento. Tomó el periódico que su mujer le ofrecía y no pudo leer. De pronto experimentó en las rodillas una gran flaqueza, una especie de íntimo temblor, y hubo de sentarse sobre el objeto que halló más próximo: un arcón roblizo, que crujió bajo sus anchas posaderas. Momentáneamente el buen hombre permaneció alelado, la boca lacia y estúpida, las piernas colgantes, las babuchas suspendidas de los pulgares de los pies...

Recobrándose un poco, buscó en El Faro la ratificación de su buena ventura.

—¿Nuestro número es el siete mil cuarenta y cinco? —preguntó.