Aquel espejo, ante cuya luz, catorce años antes, se había endosado su levita de boda, era inexorable en sus afirmaciones, como una conciencia hecha cristal. Y la conciencia, a veces, tiene la franqueza bárbara del sol. Don Higinio examinó su coramvobis abermejado, noble y mollar; sus dientes caballunos, descarnados, pajizos, bajo el bigote frondoso y áspero; sus cabellos negros, cortados al rape, entre los cuales algunas canas se erguían como agujas de plata; sus cejas peludas y fuertes; sus ojos de un azul claro: ojos grandes, candorosos, buenos, en los que parecía flotar una tristeza de hazañas incumplidas o el dolor de algún alto destino no realizado...

Pero tales desmoronamientos y resquebrajaduras carecían de gravedad sustantiva. Allí lo único importante era el desarrollo incipiente de su barriga oronda, caricaturesca, sobre cuya tersura feliz no habían gemido nunca las hebillas opresoras de ningún cinturón.

—Tendré que hacer gimnasia —pensó.

Ordinariamente calzaba botas rústicas de cuero y vestía trajes de pana confeccionados por Antolín, el mejor sastre de Serranillas, y prefería, sin embargo, las elegancias jerarcas del charol y del frac; adoraba el deporte sedentario y comodón de la pesca, y hubiera querido ser cazador y alpinista; descuidaba su belleza y era grande y romántico admirador de la ajena; tenía los valimientos necesarios para ser la figura más notable del pueblo, y procuraba vivir oscurecido; amaba a su mujer, a la cual ni siquiera una vez había traicionado, y persistía en él, no obstante, una especie de coquetería inocente, un deseo pinturero, limpiamente artístico y como a flor de piel, de ser agradable a las muchachas; no esperaba nada, y la llegada del cartero producíale diariamente intensa alegría; no era capaz de matar una hormiga y llevaba consigo siempre un cuchillo de monte. Y este leve desequilibrio interior, este sigiloso desacuerdo entre la voluntad y la imaginación, entre el ademán y el pensamiento; esta callada y sostenida disonancia entre lo que era y lo que hubiera querido ser, llenaba toda la psicología y perfilaba todo el carácter noblote, ecuánime y fantasioso a la vez de don Higinio.

Muy entonado, muy rígido, tieso como en un pedestal sobre la amarillez de sus pantuflas, don Higinio Perea repitió algunas flexiones de brazos. Era necesario ser joven, ser ágil, reprimir el grosero incremento de su bandullo, destruir el tejido adiposo donde, a traición, los males fermentan: para ello realizaría largas excursiones a pie, compraría una escopeta...

En el patio resonó imperativa la voz de doña Emilia, la esposa de don Higinio, llamando a su hermana.

—¡Teresa!... ¡Teresa!...

Y había en la brevedad impaciente con que las sílabas de este nombre fueron pronunciadas un indecible aceleramiento, una loca vehemencia de angustia. Hubo después bisbiseos ininteligibles, murmullos de regocijo y agonía, inquietud de pies infantiles, palabras jubilosas, interjecciones, frases de hiperbólica salutación y agradecimiento a los poderes celestiales. A dúo doña Emilia y Teresita improvisaban una jaculatoria fervorosa y vibrante:

—¡Gracias, San Antonio bendito!... ¡Virgen de la Salud, Madrecita mía, que el Señor te lo pague!...

Doña Emilia gritaba en tiple, Teresita en soprano, y a sus voces apremiantes uniose el estridente vocerío de los niños. Anselmito, el primogénito, exclamó: