MADRID
Es propiedad.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4.
LA OPINIÓN AJENA
I
Contra su costumbre, aquella mañana don Higinio Perea se levantó tarde. Le despertaron las nueve argentinas campanadas del reloj del recibimiento, el testarudo piar de los pollitos que correteaban por el patio, entre el verde terciopelo de las macetas, y el rayo de sol otoñal tendido en la penumbra del dormitorio como un florete de similor. Por dos veces don Higinio bostezó ruidosamente; después encendió un cigarrillo, y mientras fumaba acarició la posibilidad de que le hubiese tocado la lotería. Luego, ágilmente, saltó fuera del lecho, ciñose unos raídos calzones, deslizó sus pies desnudos en unas pantuflas amarillas y, chancleteando, aproximose al armario de luna. A pesar de la holgachona indulgencia con que cada individuo a sí propio se reconoce y aprecia, su talle carnoso, demasiado esferoidal para la cortedad de su estatura, no le satisfizo. La grasa le aviejaba; treinta y seis años había cumplido en agosto y representaba cuarenta. Era pescozudo, ancho de espaldas, rollizo de brazos y de piernas; y además, el vientre, aquel vientre duro, redondo, dilatado por el trajín expansivo de las digestiones laboriosas, abandonado siempre a sí mismo en la amplitud cómoda de los pantalones sujetos con tirantes...
—Estoy convirtiéndome en un verdadero mamarracho —murmuró.
Lo dijo fríamente, cruelmente, con esa ruda y leal honradez que usan los hombres cuando están solos. Se miró de frente, de perfil; suspiró...
—¡Cómo ha de ser!...