—De un balazo.
—¿Cómo?... ¿Ah?
—Sí, es una historia; se lo dieron en desafío por una mujer...
—¿Ah?... ¡Interesante... interesante!
Encantado de poder lucirse, el secretario se agarró al brazo de su interlocutor:
—¿No lo sabía usted?... Yo se lo contaré. Higinio Perea fue un bravo; una vez en París...
Tras el cadáver, triunfante, inmortal, como polvillo de oro, volaba la leyenda...
FIN
Madrid.—febrero, 1913.