Miró a todos: sus hijos legítimos, su bastardo, su esposa, su amante, cuanto un hombre aventurero puede reunir en torno suyo a la hora de la muerte, estaba allí. Los últimos momentos del héroe de la Grande Jatte tenían una solemnidad patriarcal.
En sus ojos enérgicos y dulces había una lección. Parecían decir:
«Así se muere».
Después, dirigiéndose a los médicos, la voz impávida:
—Señores, cuando ustedes gusten...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Don Higinio falleció en la operación; murió del cloroformo, tranquilamente, sin hacer un visaje, y de este modo su vientre, que no llegó a ser profanado, guardó su misterio.
A las dos de la tarde del día siguiente todo el pueblo acudió al entierro del gran hombre. Sus amigos, sus criados, sus aparceros, los trescientos obreros que trabajaban en la mina, formaron detrás del coche mortuorio. No faltó nadie; ni siquiera Higinín, el nieto del héroe, a quien don Gregorio llevaba de la mano. Al pasar por delante de la notaría de Arribas, unas manos románticas —manos de mujer, sin duda— tocaron en la pianola, cuya voz tuvo la virtud poética de entristecer al héroe, la Marcha fúnebre, de Mozart. Muchos ojos se llenaron de lágrimas. El cortejo siguió adelante y llegó al ejido. En la vastedad riente del paisaje otoñal, aquella manifestación enlutada pintaba un largo brochazo negro, triste como un reguero de tinta sobre un tapiz verde.
Monsieur Luis Berain, el ingeniero belga, se había unido a la comitiva. A su lado, muy cabizbajo, iba Julio Cenén. Los dos hombres no se conocían, pero hablaron.
—¡Pobre, señor Perea!... ¡Un hombre joven todavía!... ¿De qué ha muerto?