El doctor Regatos miró su reloj; las diez.
—Convendría —dijo— que la familia se marchase; aquí, excepto mis tres compañeros, no debe haber nadie.
Como pudo, pues el reúma le tenía casi privado de movimiento, don Higinio Perea se incorporó en el lecho. Comprendía que el instante de morir había llegado y quería despedirse de todos.
—Antes —exclamó— que vengan cuantas personas haya en la casa y deseen verme; sin distinción de clases, a todas quiero decirlas «adiós»...
Hablaba lentamente, con la majestad de un gran rey. A su alrededor estaban sus tres hijos, doña Emilia y su hermana; doña Lucía, los médicos, el ingeniero belga; después llegaron los criados y casi al mismo tiempo, en la puerta, apareció la linda cabeza de bronce de Gasparito, que no se atrevía a entrar. Don Higinio le llamó:
—Ven, Gasparito; tú también tienes derecho a darme un abrazo...
El muchacho se acercó a su padrino y le besó llorando. Luego, muy bajo, metiéndole los labios en un oído para que nadie le oyese:
—Mi madre está en la calle; deme usted su bendición para ella...
Y sollozaba.
—Llévasela —repuso don Higinio conmovido.